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Full text of "La abadía de Penmarch : drama en tres actos en prosa"

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LA ABADÍA DE PENMARCH. 



DRAMA EN TRES ACTOS EN PROSA 



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MADRID, 1844. 
Imprenta de D. Mareos Bueno* 

PLAZUELA DE SAN MIGUEL, NÚM. 6. 



Se hallará en las librerías de Pérez calle de Carretas , y de 
Cuesta, calle Mayor. 



PERSONAS. 



SANTIAGO PERKINS, ex-corsario. 
MONCTONN , capitán de la marina inglesa. 
MERIADEC, correjidor. 
GERVASIO, secretario del correjidor. 
BELTRAN , gefe de aduaneros. 
NICOLÁS , pescador. 
PRUDENCIO , sobrino de Beltran. 
TOMAS , contrabandista. 
ALICIA , posadera. 
Pescadores, aduaneros, vecinos. 






La escena es en Douarnenez, ciudad pequeña de la 
costa de Bretaña. 



Esta comedia es propiedad de la Sociedad de Escritores 
Dramáticos , la cual perseguirá ante la ley al que la reimpri- 
ma ó represente en algún teatro del reino ó en alguna sociedad 
de las formadas por acciones, suscriciones ó cualquiera otra 
contribución pecuniaria, sea cual fuere su denominación , con 
arreglo á lo prevenido en las reales órdenes de 5 de majo de 
1837, 8 de abril de 1839 , y 4 de marzo de 1844 t relativas d la 
propiedad de las obras dramáticas» 






ACTO PRIMERO. 



El teatro representa un panto de la costa : varios pcííascos enormes 
y la pendiente de un cerro situado á la derecha del espectador 
solo dejan ver á lo lejos el mar. En la segunda caja á la derecha 
una posada de poco viso con este rótulo: Posada de Santa Ana, 
Patrona de los marineros. A la izquierda se ve la entrada de 
un ancho soportal. Delante de la posada, bajo una especie de co- 
bertizo , hay una mesa grande y dos bancos. Al levantarse el te- 
lón aparecen varios pescadores ocupados en adornar la entrada 
del soportal, con remos, velas y gallardetes. 



ESCENA PRIMERA. 

PESCADORES, VECINOS 1J VECINAS del piU'blO , (hspilCS 
PRUDENCIO. 



Un. Pescador. ¡Ah! Ya eslá aqui Prudencio. 

Prudencio. (Saliendo del soportal.) Ya lo veis, bufones; ya veis 
que he despachado antes que vosotros. 

Primer Pescador. Toma! ya lo creo; para armar una grada con 
dos tabloncillos y cuatro cajones.... 

Prudencio. Sí; pero es que había que cargar con ellos para llevar- 
los á otro sitio.... y he tragado un polvo!... Por fortuna es- 
toy acostumbrado á este género de tragos , que es casi lo 
único que da de sí la profesión de aduanero.... miento , da 
mas : las palizas, cuchilladas ó balazos con que esos picaros 
contrabandistas suelen regalar á nuestra aprcciable brigada. 
Asi cuando hay una espedicion peligrosa , procuro siempre 
no peligrar en ella. 



669088 



4 LA ABADÍA DE PENMARCH. 

Segundo Pescador, Ya; y por eso te has quedado hoy con nosotros 
bajo pretesto de ayudarnos en los preparativos de la función. 

Prudencio. Mucho.... y no lo niego ; y aunque vosotros creáis que 
todo es purísimo miedo, yo digo que es purísima prudencia. 
¿Sabéis que si son ciertas las noticias que se han recibido, se 
trataba nada menos que de atacar a viva fuerza y enmedio 
del día tal vez á treinta.... ¿ qué digo treinta? tal vez á dos- 
cientos de esos bribones, de quienes se sospecha que desem- 
barcan sus géneros en las rocas de Pcnmarch cerca de la 
Abadía arruinada? ¿Eh? ¿qué os parece? un combate naval.... 
¡y por agua ! Que vaya mi lio Beltran , que es gefe de los 
aduaneros con plaza efectiva , y hombre á quien no se le po- 
ne nada por delante, eso está en el orden ; pero á mí que se 
me ponen por delante mil cosas, y no soy mas que supernu- 
merario de la brigada , ¿quién me mete en libros de caba- 
llerías? 

Primer Pescador. Pues tiene razón. 

Prudencio. (Dándole la mano.) Pescador.... Celebro infinito que 
seas de mi dictamen. 

Segundo Pescador. Y además ¿qué te importa que la aduana gane 
ó pierda en esas andanzas? 

Prudencio. Es claro.... ¿á mí qué me importa? 

Segundo Pescador. ¡Oh ! yo apuesto á que entre la gente que anda 
al contrabando , aunque tan malvada nos la pintan , hay 
muchos infelices que acaso no se han puesto á ello sino por- 
que la necesidad les ha obligado. Apesar de los beneficios 
que hace el Sr. Meriadec nuestro corregidor , en Douarnenez 
hay mucha miseria , y los que no poseen otro recurso que sus 
redes, mas de cuatro dias se quedan sin comer. 

Prudencio. [Aparte. ¿Que es lo que dice?... De la mayor parte de 
estos pescadores se sospecha que son.... ¿si acaso este?... Di- 
simulemos.) ¡Hola! ¿habéis concluido? venid á beber un tra- 
go: yo soy quien paga. 

Segundo Pescador. ¿De veras? Es muy campechano Prudencio. 

Prudencio. ¡Qué tontería!... entre amigos.... porque yo soy amigo 
vuestro : aqui donde me veis , soy amigo de todos los pesca- 
dores, porque los pescadores son gente que sabe lo que se 
pesca. (Llama golpeando la mesa.) Vamos pronto, vino, va- 
sos — Ea , la familia femenina , que vaya á aviarse para la 
función, y sobre todo no hacerse esperar. (Vanse las muje- 
res. Vuelve á golpearla mesa.) Venga vino: ¡eh ! maese 



ACTO I. tí CENA II. 5 

ESCENA II. 
aLicta con una jarra y vasos. — dichos. 

Alicia. ¡Ya van , ya van! ¡Dios mío, qué alboroto! 

Prudencio. (Dirigiéndose hacia ella mientras los pescadores se 
echan de beber.) ¡Calla! que es la hermosa Alicia! ¿Cómo es 
eso? ¡Todavía sin vestirse y principiará el baile antes de una 
hora ! 

Alicia. (Con tristeza.) ¡El baile! Sí, en eso estoy yo pensando.... 
¡Tengo una inquietud...! 

Prudencio, (Con malicia.) ¡Ya caigo! el novio tarda y.... 

Primer Pescador. Lo que hay es que el tio Santiago se niega á 
aceptar por yerno al pobre Nicolás, hasta que no haya reuni- 
do tres mil francos lo menos. 

Alicia. No, amigos, no es eso : mas grave causa tiene mi pesadum- 
bre : mi padre salió á pesca hace tres dias, y aun no ha 
vuelto. 

Prudencio. ¿Hace tres dias? En efecto que se detiene demasiado. 
(Aparte.) ¿Si se ocupará Santiago en pesca mas gorda que 
la de sardinas?... No lo estrañaria.... un antiguo corsario.... 

Alicia, Ayer hubo tempestad , y estoy temblando de que.... 

Segundo Pescador. Bah, bah, no hay razón para tanto, niña : el tio 
Santiago es un marinero viejo que se entra en la mar como 
Pedro por su casa , y nada como un tiburón: capaz es si nau- 
fragara á diez leguas de aqui , de venirse sin sorber un cuar- 
tillo de agua. Alguna ráfaga le habrá impedido tomar la 
costa. 

Alicia. Pero esta noche el mar estaba tranquilo y hacia una luna 
hermosa : yo fui hasta mas allá de la bahía de Audierne y 
nada vi por ningún lado. 

Prudencio. (Con viveza.) ¡La bahía de Audierne! ¿y os habéis 
atrevido.... sola...? 

Alicia. ¿Y por qué no? ¿Me habian de asustar las patrañas que se 
cuentan, porque allí cerca , en el recinto de la antigua Aba- 
día es donde estuvo antes el cementerio? 

Prudencio. No es por eso , sino por — por — Loque es yo, de 
seguro que no iba. 

Varios Pescadores. (Bajo unos á otros.) Ni yo , ni yo. 

Alicia, j Cómo ! ¿y si os hallareis en mi lugar...? si el padre de uno 
de vosotros. — ¡Oh! no sabéis lo que es temer por la vida de 
un padre, {Llora.) 



6 LA abadía de pen.ua r en. 

Prudencio. Varaos, vamos, hija, no os desconsoléis. ¡ Qué diablo! 

seria triste cosa que os sucediese una desgracia precisamente 

el dia de Santa Ana. El Sr. Santiago volverá sano y salvo. 
Alicia. Si pudiera esperarlo y creeros , ¡ sería tan dichosa...! j Oh! 

pero si , nuestra santa patrona le protegerá : ¿no es verdad? 

¡Se lo he rogado tanto...! 

ESCENA III. 

GERVASIO, — DICHOS. 

Gervasio. (Que acaba de entrar y ha oido las últimas palabras de 
Alicia.) ¿Rogar? ¿El qué? ¿Y por qué? 

Prudencio. ¡Hola! aquí está el señor Gervasio el secretario del cor- 
regidor y su confidente! 

Gervasio. Buenos dias , amigos. (Dirigiéndose á Alicia.) Querida 
mia, ¿por qué han llorado esos hermosos ojos, que tan encen- 
didos están? 

Primer Pescador. ¡Qué queréis! Señor Gervasio ; ía ausencia de su 
padre la tiae á mal traer á la pobre chica, 

Gervasio. (Aparte. También me tiene á mí con cuidado. ¡Con tal 
que haya podido esta vez burlar la vigilancia de ese condena- 
do Beltran!) Alicia es una buena hija; pero no debe abando- 
narse á temores exagerados. 

Todos. Pues que no. 

Gervasio. La verdadera desgracia seria no tratar de hacer negocio 
en la posada de Santa Ana, hoy que vendrá aquí el señor Monc- 
tono.... ya sabéis, aquel rico capitán de navio que nos visita 
una vez al año , desde que por las noticias que le dio el seño r 
Meriadec, mandó construir aquí dos sepuleros: el uno en ho- 
nor de su mujer, cuyo cuerpo fué hallado hace quince años 
en la playa de Douarnenez, al siguiente dia de aquella famosa 
tempestad que destruyó casi enteramente la Abadía de Pen- 
marcb, y el otro en memoria de sus dos hijas, víctimas del 
mismo desastre, y que sin duda sirvieron de pasto á los peces. 

Prudencio. Si, si. Monctonn, un inglés que tiene la mania de apos- 
tar sobre todo. 

Alicia. ¡Y que es tan bueno! tan generosofque me obsequia siem- 
pre tanto.... Mirad, él fué quien me dio esta cruz tan bonita 
en su último viage. 

Gervasio. Pues ayer llegó, y ahora vais á juzgar si su llegada puede 



ACTO I ESCENA IV. 7 

teneros cuenta. Fiel á su costumbre de probar fortuna por 
todos medios, apostó el año pasado 1500 francos con el se- 
ñor Meriadec, á que no obstante lo peligroso del mar, al ca- 
bo de doce meses en el mismo dia y á la misma hora, su cor- 
beta habia de anclar en la bahía de Audierne. 

Prudencio. ¿Y ha ganado? 

Gervasio. Sin discrepar en un minuto : y esos 1500 francos os los 
regala á todos con motivo de la fiesta que celebráis hoy. 

Todos. Bien, bien, bien, bien. 

Gervasio. (A Alicia,) Ya veis, hermosa Alicia, que una buena parte 
del dinero de mi gefe, pasará á vuestro mostrador. Creedme, 
mientras viene Santiago y para hacerle olvidar sus fatigas, 
atended á servir y cobrar. Y vosotros (A los pescadores.) ve- 
nid conmigo á recibir, según la lista que se me ha dado, la 
parte que os toca de ese dinero. 

Todos. ¡Viva el inglés! ¡viva nuestro corregidor! 

Alicia. Señor Gervasio, seguiré vuestro consejo; pero no acertaré 
hoy á contentar á los parroquianos ; porque estoy muy triste 
para ponerles buena cara. 

Gervasio. (Aparte.) Lo mismo absolutamente me sucede á mí, que 
tengo que aparentar indiferencia por lo menos , y estoy tem- 
blando que mi corta hacienda se halle acaso á estas horas 
en poder de esos malditos aduaneros. 

Prudencio. (A los pescadores que han subido al cerro de la dere- 
cha.) Aguardad , no hay que moverse; justamente viene aquí 
el corregidor con el bizarro inglés. 

ESCENA IV. 

MERIADEC, MONCTONN. — DICHOS. 

Todos. ¡Viva el señor corregidor, viva el capitán! 

Meriadec. Basta; amigos, basta: ya veo por vuestro entusiasmo á 
favor de mi noble amigo, que Gervasio os lo ha contado todo. 
Ea, id á tomar ese dinero que me alegro de haber perdido, 
pues que pasa á vuestras manos. Ahí dime, Gervasio, ¿hay 
noticias de la espedicion de nuestros aduaneros? 

Gervasio. Todavía no hay ninguna, señor corregidor; pero ya cae- 
rán esos canallas.... {Aparte. Pobre gente...!) Si el valiente 
Beltran los descubre, como lo espero. (Aparte. Dios los so- 
corra.) Asi vos, librando á esta parte de la Bretaña de tan 



í) LA AfeADIA DÉ PENMaUCU. 

grave plaga, adquiriréis el mas elevado título al reconoci- 
miento de vuestros administrados. 

Prudencio. Bien dicho, señor Gervasio.... Asi me gusta.... (A los 
pescadores.) Este si que no se muerde la lengua para decir lo 
que siente. 

Gervasio. Yo.... ¡vaya! y aun me contengo. Siempre he manifesta- 
do mi opinión francamente acerca de esos tunos Si señor, 

el contrabando destruye la industria y el comercio; y será 
poco todo el rigor que se desplegue contra unos.... 

Monctonñ. Unos facinerosos, que nuestras leyes, mas justas que 
las vuestras, igualan á los salteadores de caminos. 

Gervasio. Señor Monctonñ. ¿Sabéis que á los contrabandistas 
aquí. ..7 

Monctonñ. Se les echa á gaíeras ... En Inglaterra los ahorcan, lo 
cual ta veis que está mas en el orden. 

Gervasio. (Aparte.) No me retiraré yo nunca á Inglaterra. 

PnuDENCio. (Aparte.) ¡Qué imprudente es este inglés! 

Moncíonn. (Reparando en Alicia y dirigiéndose á ella.) /Oh mi 
linda protegida...! Mirad, señor corregidor, cuanto ha creci- 
do en hermosura desde el año pasado.... ¿Estaréis ya casada 
supongo? 

Alicia. (Saludando á Monctonñ.) No, señor capitán. 

MeniAUEC. Pues por falla de deseo no queda: ¿verdad Alicia? Ello 
si, no podia haber hecho mejor elección. No conozco un jó- 
Ten mas honrado que el pescador Nicolás; pero el tio Santia- 
go es un hurón, que hace poco caso de sus suspiros, y la feli - 
cidad de los dos amantes depende de un sí, que todavía no 
han podido arrancarle. 

Prudencio. (Aparte.) Un si de 3,000 francos* 

Monctonñ. El tio Santiago.... (A Meriadec.)Ya me habéis hablado 
de ese hombre; soldado viejo de marina, antiguo corsario.... 
Me acuerdo deque quise verle en los dos últimos viages; 
pero se hallaba ausente.... Esta vez espero que hagamos co- 
nocimiento. 

Alicia. Le honrareis mucho, señor capitán. 

Monctonñ. Yo trataré de que mi amistad os sea útil...; amistad que 
no puede ser sospechosa, porque tengo ya cincuenta y tres 
años y lloro todavía á una esposa adorada y dos hijas, que se- 
rian ahora de vuestra edad. 

(En este momento se oye á lo lejos hacia el mar, una fuerte de- 
tonación. Sorpresa general. Los pescadores y Alicia se amonto-* 
nan hacia las rocas del fondo.) 



ACTO I. ESCENA V. 9 

Meriadec. (Con viveza.) ¿Qué estruendo es ese? Nunca ha hecho 
un buque saludo semejante al entrar en la bahía de Douar- 
nenez. 

Monctonn. (Dirigiéndose también hacia el fondo.) Nada se alcanza 
á ver desde aquí; pero sin duda alguna (y yo soy mas prác- 
tico en esto que vos) es imposible que una pieza, aunque fue- 
ra de treinta y seis, hiciese un estrépito como el que hemos 
oido.... Apuesto á que es algún buque que se ha volado. 

Meriadec. ¿Un buque? El estampido habría sido mucho mas fuerte. 

Monctonn. ¡Señor! Yo no digo que sea un navio de guerra, sino al- 
gún bergantín viejo, tripulado por los contrabandistas á 
quienes perseguís, los cuales viéndose apurados, habrán pe- 
gado fuego á la Santa Bárbara por no caer en manos de los 
aduaneros. 

Meriadec. ¡Ojalá fuera eso! 

Monctonn. ¿Queréis apostar? 

Meriadec. No, á fé; porque sentiría ganaros. 

Prudencio. ¡Toma! ahora que me acuerdo! subiendo al Faro puede 
verse lo que es. 

Monctonn. Tiene razón este mozo. Vamos, el que tenga curiosidad, 
que me siga. 

Prudencio. (Aparte.) ¡Oh! Si mi tío volviese vencedor! ¡Qué gloría! 

Gervasio. (Aparte.) ¡Qué desgracia si han sorprendido á Santiago! 

(Todos menos Alicia toman el camino del cerro y se van detrás 
de Meriadec y de Monctonn.) 

ESCENA V. 
alicia y después nicolas. 

Alicia. (Sola.) No sé en qué consiste, pero desde que ha llegado el 
capitán, estoy menos inquieta.... y aun me parece que espe- 
rimento una secreta confianza.... Me ha prometido ver á mi 
padre.... Sí pudiese decidirle.... (Viendo á Nicolás.) ¡Nico- 
lás! ¡Ahí no me engañaba el corazón: sentía en él un presen- 
timiento de ventura, y es que adivinaba la venida del queamo. 

Nicolás. (Que sale y va corriendo a abrazar a Alicia.) Querida 
Alicia...! 

Alicia. (Finjiendo enfado.) Eso es, hoy mucho querida Alicia, y 
ayer el señorito no pensó ni un instante en mi. ¡No haber 
venido, siquiera por cinco minutos, sabiendo que estaba so- 
la y lrisle¡ 



10 LA ABADÍA DE PENMARCH. 

Nicolás. (Como distraído.) Me fué imposible, amada mia ; una ur- 
jencia.... 

Alicia. ¿Urjencia? 

Nicolás. Sí, 

Alicia. ¡Hola! ¿Sccretitos?... Pues yo soy menos reservada que 
tú.... ¿Te acuerdas de aquel capitán de navio, aquel amigo del 
señor corregidor que todos los años antes de marcharse, me 
hace algún regalo? Pues aqui está; y delante del señor Meria- 
dec, que te elojiaba, me ha dicho, haun momento, que se in- 
teresaba en nuestra boda. 

Nicolás. (Aparte.) ¡Nuestra boda! 

Alicia. Y va á hablar á mi padre, y entonces.... 

Nicolás. (Con viveza.) A tu padre.... También yo tengo que verle. 
¿Há vuelto ? 

Alicia. ¡A.y! no; pero creo que no tarde. Ahora que te he dicho mi 
secreto, ¿rae confiarás el tuyo? 

Nicolás. ¡Querida Alicia! Si te lo dijera, te aílijiria. 

Alicia. Pues ¿que hay? ¡Oh! habla; yo te lo suplico. 

Nicolás. (Después de haber vacilado un instante.) Tu habrás oído 
decir que de poco tiempo á esta parte, el número de los con- 
trabandistas se ha aumentado mucho en estas playas. La au- 
toridad, justamente inquieta, ha adoptado al fin las medidas 
mas rigorosas, y ha hecho venir de Brest y de Quimper un 
refuerzo de soldados y dependientes de la Aduana , á las 
órdenes de un gefe animoso y activo. Varios habitantes de 
Douarnenez, de quienes se sospecha que se dan á este tráfi- 
co vergonzoso, van á ser vijilados secretamente; y esta maña- 
na, antes del dia , una corbeta de la marina real , tripulada 
por 40 hombres, salió del puerto, con orden de esplorar la 
costa y apoderarse de los culpables que descubriese. 

Alicia. Eso mismo con corta diferencia es lo que yo sabia ; pero 
¿qué tienen que ver esas circunstancias con.... 

Nicolás. (Bajando la voz.) Esas circunstancias, Alicia, son terri- 
bles para mi.... Un hombre á quien me unen estrechos vín-. 
culos.... á quien tengo ley.... se ha dedicado á tan vitupera- 
ble ejercicio. La voz pública le acusaba, yo le he espiado, y 
tengo ya pruebas positivas. Mis relaciones con él, la situa- 
ción de la casa que habito, tan cercana al lugar apartado que 
esos miserables han elejido como punto central de sus espe- 
diciones, no me dejan duda que de un momento á otro pue- 
do verme comprometido; y he resuelto ausentarme, aunque 
temo que mi fuga me acuse, y aunque me desespera el tener 



ACTO I. ESCENA VI. 11 

que separarme de ti, porque nuestro matrimonio es ya tal vez 
imposible. 

Alicia. ¡Imposible!... ¡Oh!... pero eso es espantoso.... Dime , Ni- 
colás: la esperanzado adquirir el dinero que mi padre lia 
exijido para concederte mi mano, ¿te ha hecho asociarte con 
esos miserables? ¿Es verdad lo que me has referido? No tie- 
nes nada de que reconvenirte ¿no es asi? 

Nicolás. ¡Ahí ¿puedes pensar?... 

Alicia. Pues bien; busca al señor Meriadec, dile lo que sabes, lo 
que has visto, particípale tus temores y pídele consejo. 

Nicolás. {Con viveza.) Seria una delación, y ya te he dicho que ese 
hombre era mi amigo. 

Alicia. ¿Con que es decir que la amistad puede mas contigo que 
el amor?... ¿Prefieres la seguridad agena á tu dicha? 

Nicolás. Mi honor me prohibe cometer una infamia.... Lo mas que 
puedo prometerte es no tomar una resolución definitiva hasta 
mañana; esta noche, durante la función discurriré, y tal vez 
halle un medio. Entre tanto, ya habrá vuelto tu padre que 
es el primero á quien he de pedir parecer. 

Alicia. No dices mal. 

Nicolás. A Dios, querida mia ; pronto volveré á verte. 

Alicia. {Entrando en la posada.) ¡Protejednos, Dios mió! 

ESCENA VI. 

SANTIAGO, TOBÍAS. — NICOLÁS. 

(Nicolás se sienta junto á la mesa con la cabeza apoyada en la 
mano: mientras parece sumerjido en profundas meditaciones, 
Santiago y Tomás se dejan ver en el fondo sobre las rocas; el 
primero sostiene al segundo, cuyos pasos vacilantes anuncian su 
debilidad.) 
Santiago. {Al llegar á la mitad de la escena.) Por fin, llegamos!... 

{Viendo á Nicolás y como sorprendido.) ¡Nicolás! 
Nicolás. (Levantándose.) Buenos dias, señor Santiago. 
Santiago. (Mientras que Tomás llega al banco y se deja caer en 
él dando muestras de un agudo dolor.) Buenos días.... Esta- 
mos rendidos de cansancio. 
Nicolás. Si, sobre todo Tomás á lo que parece.... 
Santiago. Di á mi hija que nos traiga un jarro de vino. {Nicolás 
entra en la posada.) 



12 LA abadía de penmarcii. 

ESCENA VII. 

SANTIAGO, TOMAS', después ALICIA y NICOLÁS. 

Santiago. Vamos, Tomás, valor.... ya conoces que si llegara á sa- 
berse que estás herido, no se necesitaba mas para confirmar 
las sospechas. 
Tomas. (Haciendo un esfuerzo.) Tranquilízate; primero me dejaría 
descuartizar. Yo no soy capaz de hacer traición á mis com- 
pañeros y menos á tí, á quien profeso el mayor afecto. 
(Después de una pausa.)Vero este balazo maldito me duele 
tanto, aunque no es de peligro, y perdí ya tanta sangre...! 
(Abriéndose la camisa y descubriendo un bendage ensan- 
grentado.) Mira, mira. 

(Santiago se quila el pañuelo del cuello, y hace con él un nuevo 
bendaje a Tomás. Apenas ha acabado esta operación, salen Ni- 
colás y Alicia.) 

Alicia. (Echándose en brazos de Santiago.) ¡Padre! ¡Por fin estáis 
• de vuelta! ¡Oh que alegría tengo! 

Santiago. (Después de haberla abrazado.) Pon ahi encima eso que 
traes y déjanos. 

Alicia. (A quien Nicolás ha hecho la misma invitación por medio 
de una seña.) Si, padre, bien. ( Váse.) 

Santiago. (Echa vino á Tomás.) Tu barraca solo dista un paso; 
bébete este lleno y vete á acostar, á ver si te alivias.... (Pre- 
sentando su vaso para brindar á Nicolás que ha permaneci- 
do pensativo.) ¿Qué es eso? ¿Tienes obstruida la garganta 
que no bebes.... 

Tomas. (Después de haber bebido.) A Dios Santiago. (Va á levan- 
tarse y se tambalea.), 

Nicolás. No puede ir solo.... Apoyaos en mí , Tomás , yo os llevaré 
á vuestra casa. 

Tomas. ¡Vive Dios, que no estoy para rehusar la oferta. 

Nicolás. (A Santiago que hace un movimiento para seguirlos.) 
Quedaos, tengo que hablaros. (Vanse Tomás y Nicolás.) 

ESCENA VIH. 

santiago; después nicolas. 

Santiago. ¡Maldita suerte!... Sorprendidos, batidos, dispersos.... y 



ACTO 1. ESCENA VIII. 



15 



todo lo que poseía, aniquilado, perdido en un solo dia.... 
¿quién sabe también si durante la acción que hemos sosteni- 
do, conocerían á alguno de nosotros es^s malditos aduane- 
ros? Entonces, un castigo infamatorio.... ¡ Infeliz , infeliz de 
aquel que haya conocido mi semblante 1 mi venganza seria 
espantosa.... lo juro, y pruebas tengo dadas de que nada 
me arredra para cumplir un juramento, (^á Nicolás que se 
dirije á él.) Veamos que tienes que decirme y sé breve; si 
tratas de hablarme de tu amor á mi hija, ya sabes que puse 
por condición para el casamiento.... 
Nicolás. Qué t habia de tener yo un capital de 3000 francos 
por lo menos; pues bien , si quisiera , podría adquirir el 
doble. 
Santiago, i Holal ¿Y "cómo? 

Nicolás. Delatando á un gefe de los contrabandistas que se reú- 
nen en las rocas de Audierne; declarando que he espiado sus 
pasos, que le he visto anoche , que le he conocido..,. 
Santiago. (Echando mano á un puñal oculto entre la faja.) ¡Si- 
lencio Nicolás! 
Nicolás. Pero en vez de venderle, de entregarle vilmente, le busco 
para decirle: Hay sospechas acerca de vos, vagas todavia, pero 
que de un momento á otro pueden cambiarse en certidumbre. 
Romped enteramente con esos hombres culpables, cuya com- 
pañía os pierde; abandonad una ocupación indigna; renunciad 
aunas ganancias que os han de costar la honra; y si algún 
dia por falta de fuerzas no podéis atender á vuestras necesi- 
dades, Nicolás trabajará para sosteneros y daros un pedazo 
de pan. 
Santiago. Vaya en gracia; el remate de tu discurso me ha hecho 
olvidar el principio; pero has de saber que cualquiera otro 
hubiera pagado con la vida el poseer mi secreto: de ti ni aun 
exijo la promesa de callar, porque ademas de estar persuadi- 
do de tu honradez, tu amor á Alicia basta para tranquilizar- 
me. Con todo, es indispensable que me hagas un servicio. En 
el ataque de esta mañana , de doce hombres que me acom- 
pañaban, ocho se han ido á pique, dos creo que se salvaron 
á nado, y yo con Tomás herido, me refujié en una chalupa 
como último recurso, ganando las rocas á fuerza de remo, 
mientras la infernal cuadrilla de los aduaneros se apodera- 
ba de nuestro rico cargamento é incendiaba mi lugre abando- 
nado. Sin embargo 3 el dia anterior fuimos mas felices por- 
que desembarcamos no lejos de Penmarch varios cajones y 



14t LA ABADÍA de penmarch. 

fardos de jéneros. Esta noche me ayudarás á meterlos en una 
de las cuevas de la Abadía donde está escondido lo demás; 
la superstición y los rumores diestramente difundidos por 
antiguos camaradas y por nosotros mismos, han hecho de 
aquel paraje un punto seguro de depósito. Después, ya ten- 
dré tiempo de imajinar los medios de deshacerme de todo. 

Nicolás. ¿Me juráis que ya nunca?... 

Santiago. Si.... (Aparte.) Al menos por ahora. 

Nicolás. En ese caso, aunque es acción que me repugna , el padre 
de Alicia puede contar conmigo. 

Santiago. Está bien.... á las doce en la Abadía de Penmarch. 

Nicolás. A las doce estaré. (Nicolás se va por el fondo, Santiago 
entra en su casa. 

ESCENA IX. 

GERVASIO, BELTRAN, PRUDENCIO 1J ADUANEROS (Jlie Salen 

por la izquierda-, pescadores y pescadoras que salen por 

la derecha; luego alicia que después entra y sale para 

servir á los que se han sentado á la mesa delante de la 

posada. 

Gervasio. Pues si, señor Beltran ; por modestia decía que no ; pero 
yo sostengo que ha sido un hecho de armas asombroso.... 
(Aparte.) Que no hubieras dejado al li la piel ! 

Prudencio. ¡Qué cosa tan magnífica debe ser una acción! sobreto- 
do siendo los nuestros diez contra uno, los de acá con armas 
y el enemigo sin ellas! 

Beltran. Ya: y tú te has quedado en tierra para admirar desde 
lejos! 

Prudencio. ¡Con lo que sale mi tio ! Si yo hubiera sacado algo que 
rascar, si me hubieran saltado un ojo ó roto un brazo ¿gana- 
bais algo yos? 

Beltran. ¡Cobarde! ¡Buena carrera harás con tales principios! 

Prudencio. ¿Y porqué no? Bien puede uno ser útil en su estado sin 
deteriorar su individuo. Mirad, vos por ejemplo (os conozco 
perfectamente) sois un león y estoy seguro de que habréis 
repartido tajos y mandobles por luz, sin acordaros de otra 
cosa ; pues bien ; yo si me hubiera hallado en la broma, me 
habría agazapado en algún rincón observando desde alü, mi- 
rando y remirando á los tunos que no habéis podido hacer 



ACTO I. ESCENA X. 15 

prisioneros; y ahora os diria; ahí va uno, ahí van dos, ó tres, 
ó cuatro (que el número no importa): de manera que sin ser 
valiente, hubiera merecido bien de la patria, ni mas ni menos 
que vos. 

Beltran. No he procedido yo del mismo modo.... y sin embargo 
acaso pueda decir quien es el jefe de los bandidos. 

Gervasio. (Aparte.) El diablo del hombre me hace temblar de pies 
á cabeza. 

Prudencio. (A Beltran señalando á los pescadores que están sen- 
tados á la mesa); ¿Es alguno de esos? 

Beltran. Silencio.... Necesito estar seguro.... 

ESCENA X. 

MERIADEC, MONCTONN, VECINOS, MÚSICOS. — DICHOS. 

Monctonn. (A Meriadec al salir.) ¡Qué tal! espero que otra vez 
me creáis. 

Meriadec Es verdad, también habría perdido la apuesta. 

Gervasio. (Dirijiéndose á Alicia y llevándola á aparte.) ¿Volvió 
por último vuestro padre? 

Alicia. Si señor, ahora mismo acaba de llegar. 

Meriadec (Viendo al gefe de los aduaneros.) Sr. Beltran , esta no- 
che escribiré al Prefecto para instruirle del buen éxito de la 
empresa y de vuestro brillante comportamiento: mientras os 
dá las gracias él, recibidlas de mí. 

Beltran. He cumplido con mi deber, señor corregidor; y puesto 
que deseáis dar parte á la autoridad, tengo que suplicaros 
que suspendáis hasta mañana enviar el oficio. 

Mrriadec. ¿Hasta mañana? ¿y por qué? 

Beltran. (Aparte á Meriadec, Monctonn, Gervasio y Prudencio.) 
La victoria de hoy no será completa mientras no tengamos 
en nuestro poder, sí no al gefe mismo de los contrabandistas, 
al menos á algunos de la partida por cuyo medio le descu- 
bramos. Con el aviso que he tenido de que las cercanías de 
la Abadía de Penmarch sirven de punto de retirada á esos 
bandidos, he dado á mi tropa orden de que permanezca to- 
da la noche sobre las armas; mi sobrino la conducirá y yo 
meadelantaré solo para averiguar la exactitud de las noticias 
que he recibido, 

Gervasio. (Aparte.) iReniego del proyecto! Pero yo avisaré á San- 
tiago. 



ití ABADÍA DE PENMARCH. 

Prudencio. ¿Qué es lo que decís: tío? Iréis.... ¿Tenéis el diablo en 
el cuerpo...? ¿Y creéis que yo he de ser tan verdugo de mí 
mismo, que os acompañe en la escursion? 

Monctonn. ¿Y porqué no, amigo Prudencio? El valor, ¿no es en 
este pais una virtud de familia? 

Prudencio. (Mientras que Gervasio apartándose con precaución 
se dirige á la posada y entra sin ser visto.) Capitán , yo no 
tengo que dar cuenta á nadie de mis opiniones. Ademas, 
vos no sois de aquí y no conocéis el parage de que se trata. 

Monctonn. ¿Es espantoso, eh ? 

Prudencio. ¿Si es espantoso ? (Dirigiéndose á los pescadores.) Vo- 
sotros , muchachos, informad aquí al señor capitán; pre- 
gunta acerca de la Abadía de Penmarch. Allí se ven espec- 
tros.... llamas que van y vienen, especialmente cercado aquel 
gran sauce, ya sabéis.... y después se oye como una voz se- 
pulcral que le dice á uno al oido. Buh.... u.... u.... u.... 

Beltran. jBah! cuentos de viejas. 

Prudencio. Yo no soy ninguna vieja, tio; preguntádselo á todos. 

Todos. Si , si; ¡oh! es verdad. 

Meriadec. Lo cierto es que como en esas ruinas se han verificado 
asesinatos y suicidios, se han hecho tan temibles que , es- 
ceptuando el intrépido Beltran, estoy cierto de que no halla- 
ríais en Douarnenez un hombre que se atreviese á ir allá soio 
y de noche , aunque le pesarais á oro. 

Prudencio. Bien seguro! 

Monctonn. ¡Oh! yos hacéis un agravio al valor de vuestros adminis- 
trados; ganas me dan de apostar , aunque no sea mas que 
por vengar su honor , á que consigo, no solo que un hombre 
sino que una muchacha, vaya esta noche sola á ese sitio te- 
mible , y en prueba de haber estado , nos traiga una rama 
de ese gran sauce de que nos ha hablado el insigne Pru- 
dencio. 

Meriadec Perdíais la apuesta. 

Monctonn. Buena ocasión para desquitaros , porque si consentís, 
triplico la suma. 

Meriadec (Dándole la mano.) Está apostado. Ea , ¿hay alguna de 
vosotras que quiera ir á la Abadía este noche ? 

Monctonn. A la que me haga ganar la apuesta, le cedo las dos ter- 
ceras partes. 

Varias pescadoras. ¡ Tres mil francos golosos son ! 

Alicia. (Aparte reflexionando.) Justamente lo que mi padre exige 
de Nicolás! 



ACTO I. ESCENA XI. 17 

Prudencio. Parece que se han vuelto mudas. 

Alicia. {Reflexionando,) Con ese dinero, mañana pudiera ser suya 

y no pensaría ya en ausentarse. 
Meriadec (A Monctonn.) Ya veis , amigo mió, que esta vez no sois 

tan feliz como las pasadas. 
Monctonn, ¿Quién sabe...? (Fijando la vista en Alicia.) Alicia me 

parece que está echando cuentas.... 
Todos. ¡Alicia! ¡Quia! 
Alicia. (Con entereza.) Señores yo acepto. 
Monctonn. Y hacéis bien, porque ganáis un dote, hija mia..., ¿Con 

que , señor Meriadec...? 
Meriadec Señor capitán , todavía no ha ido ni vuelto. 
Alicia. (Con firmeza.) Iré, señor corregidor. 
Prudencio. Esta chica habia nacido para carabinero de costas. 
Monctonn. (Dirigiéndose á los circunstantes.) Ea , no se hable de 

esto una palabra mas ; para que nadie pueda retraerla de su 

propósito , ni obligarla á ir á la fuerza. Ya habéis visto que 

he apostado de buena fé. 
Todos. Sí , sí. 

Monctonn. Ahora que vienen los bailarines , principie la función. 
Todos. Eso es, á bailar , á bailar. 

ESCENA XI. 



NICOLÁS, GERVASIO, UYl CRIADO, BAILARINES. — DICHOS. 

(Varios bailarines se dejan ver en la colina y bajan al son de una 
música alegre: Nicolás los sigue. Al mismo tiempo y por el otro 
lado sale un criado con un canastillo que presenta á Meriadec — 
Va anocheciendo.) 
Meriadec (Destapando el canastillo.) Vamos, niñas; ya sabéis que 
en estos casos la costumbre es que cada una de vosotras 
elija una cinta de estas para adornar con ella el sombrero de 
su amante. 
(Mientras las jóvenes se aproximan al canastillo y escogen cintas^ 
Gervasio vuelve á presentarse en escena , se sienta cerca de Bel- 
tran, y le echa de beber con intención manifiesta.) 
Alicia. (Tomando á su vez una cinta verde , que ata al sombrero 
de Nicolás.) Yara tí, Nicolás mío, esta prenda de mi amor y 
de mi constancia..., (Aparte y sin que nadie ¡a observe.) Ma- 
ñana al amanecer ven y te anunciaré una buena noticia. 

2 



18 LA ABADÍA de penmauch. 

Nicolás. ¿Qué quieres decir? 

{Alicia le hace señas de que calle: él obedece. Lo interior del so- 
portal se ilumina , y los músicos preludian una contradanza.) 

Todos. ¡Al baile, al baile! 

Monctonn. (Aparte á Alicia.) No desmayar, no perder ánimo. 
(Alicia le hace señas de que está resuella. Mientras Monc- 
tonn se dirije con todos los circunstantes al soportal ! , se ve 
á Nicolás alejarse por la colina mas arriba de la posada, y 
á Santiago que sale de esta y se oculta bajo el cobertizo. 
Leve principio de tempestad.) 

Alicia. La noche es oscura, voy al punto á tomar el manto y á eje- 
cutar lo que he prometido. {Entra en la posada.) 

ESCENA XII. 
alicia en el proscenio, santiago oculto. 

Santiago. (Saliendo del cobertizo.) ¡Infame Beltran ! no hay duda, 
me ha conocido.... todo debo temerlo de él Afortunada- 
mente Gervasio me ha revelado sus planes y estoy en el caso 
de desconcertarlos.... (Después de un corto silencio y mi- 
rando al horizonte donde aparecen algunos relámpagos.) Él 
es hombre de ir solo á espiarnos , apesar de la tempestad que 
se prepara. Él cuenta hallarme en la Abadía ; pues bien, allá 
voy á esperarle, y desgraciado de él si le encuentro! 
(Se dirije al fondo y desaparece detras de las rocas. Una música 
alegre y grandes carcajadas se dejan oír en el soportal ; mien- 
tras tanto Alicia con manto negro, sale con precaución de la 
posada.) 
Alicia. Mi padre ha ido sin duda á ver el baile; aprovechémonos 

de su ausencia. Mañana seré esposa de Nicolás. 
(Se dirije á la colina, cuando va á subir la cuesta, un nuevo re- 
lámpago la espanta y la detiene ; pero repuesta de su terror, 
continúa su marcha y desaparece. 



FIN DEL ACTO PRIMERO. 



C5(\=> c^o o(v=> o<^o o^o o^o o<}o o^o o^o jj cs^o e^So o^o o^o o^}o o^e? o^o o^o c^o 
O^O O^<0 O^O O^O o^=> CS^O 0^)0 O(>0 0^)0 0^0 0^0 0^0 O^O c^}o O^O O^O OyO O^O 



ACTO SEGUNDO 



Antiguo cementerio de la Abadía de Penmarch, cuyas góticas rui- 
nas se ven á la izquierda del espectador. En segundo término ó 
segunda caja y cerca de una galería que desemboca en la escena, 
hay un sauce corpulento con un banco de piedra al pie. A la 
derecha , en primer término la puerta de una cerca baja y rui- 
nosa , que se estiende, diagonalraente basta el quinto bastidor de 
la izquierda. En el mismo lado de la puerta y un poco mas allá, 
varios túmulos parte derribados y parte ocultos entre altas y es- 
pesas matas. En el í'ondo peñas y el mar. 



ESCENA PRIMERA. 

(Al levantarse el telón, la luna oculta entre espesas nubes, 
despide una claridad débil y lúgubre: el viento sopla 
con violencia y se oyen truenos lejanos, 

Nicolás solo, con una linterna sorda y saliendo con pre- 
caución. 

Nadie parece, y eso que ya es la hora de la eita que me dio 
Santiago. Tal vez para no escitar sospechas habrá querido 
dejarse ver en el baile y por eso tarda.... esperemos. (Deja 
la linterna; se quita la capa y el sombrero , los pone en el 
suelo y se sienta en el banco.) ¡Alicia adorada! Por tí sola 
estoy aqui, dispuesto á ayudar á tu padre á ocultar las 
pruebas de su crimen.... ¡ Mucho puede el cariño! La con- 
ducta de Santiago debería alejarme de su hija; y sin em- 
bargo, á pesar mió, á pesar de la confesión del culpable que 
no me deja duda ni esperanza, se me figura que la quiero 
mus que nunca.... ¡ Ya se ve , me parece tan digna de lásti- 



20 LA ABADÍA de penmarch. 

ma...! Si la faltara mi amor, ¿qué seria de ella?... (Breve 
pausa, durante la cual se levanta.) Aunque no tengo gran 
confianza en el juramento de Santiago , me he decidido á dar 
este paso, que es espuesto en verdad , pero que tal vez aleje 
las sospechas y evite las desgracias que temo : un favor como 
el que voy á hacerle , me da ya el derecho de obtener la mano 
de su hija sin cumplir las condiciones que él antes me impu- 
so , y estoy cada vez mas resuelto á marcharme de esta tierra 
en casándome con Alicia. (Paseándose.) Sí, estas reflexiones 
y este proyecto convienen con las palabras misteriosas que 
ella me dijo al darme la cita. Puede que Santiago, no sabien- 
do cual será su suerte, haya pensado en la de su hija y con- 
sienta por último en un casamiento que reconocerá preciso. 
Esperemos, pues, y.... (En este momento se oye un tiro de 
fistola. Nicolás se sorprende y corre hacia la puerta que es- 
tá á la derecha del espectador.) ¡Cielos! un tiro, en este pa- 
raje y á estas horas! ¡Habrán seguido á Santiago ! ¡Le habrán 
descubierto! (Mientras duda si se dirijirá al sitio donde so- 
nó el tiro, Santiago pasa corriendo por delante de él , con el 
cabello descompuesto y una pistola en la mano. Nicolás le 
conoce.) ¡Qué veo! ¡es él! ¡qué semblante! 

ESCENA II. 

SANTIAGO. NICOLÁS. 

Nicolás. (Asiendo á Santiago del brazo.) ¡Santiago ! ¿ Dónde vais? 
¿por qué venis asi? 

Santiago. (Reconociéndole. ) Ah! eres tú, Nicolás! ¿Estás seguro de 
que nos hallamos solos? 

Nicolás. Si; pero hablad; ese tiro ¿iba dirijido á vos? ¿está ame- 
nazada vuestra vida? ¡Oh! ¡hablad ya! 

Santiago. Tranquilízate; los aduaneros todavía no están en cam- 
paña ; y lo que es del gefe ya no hay que temer. 

Nicolás. ¿Qué queréis decir? 

Santiago. Que ese condenado Beltran no se aprovechará del triun- 
fo de esta mañana. 

Nicolás. ¡Ah! no me atrevo á comprenderos. 

Santiago. Él voló mi buque; yo en desquite le he saltado á él la 
tapa de los sesos. 

Nicolás. ¡Un asesinato! ¡Infeliz! ¡Que habéis hecho! 

Santiago. Lo que exijian mi venganza y mi seguridad ; me habia 



ACTO II. ESCENA II. 21 

conocido, y deseoso de sorprenderme con los míos, se habia 
adelantado solo, mandando á sus soldados hacer una batida 
nocturna por estas inmediaciones : seguro estoy de que en 
esta cartera que he tenido buen cuidado de quitarle.... (Se 
acerca á la luz que está sobre el banco y registra con preci- 
pitación los papeles de la cartera. Designando uno de ellos 
y sacándolo.) Mira! ¿qué te decía yo? mira el parte.... ¡Oh! 
no me engañaba el corazón : ya puedo destruir la única prue- 
ba que existe contra mí! 

Nicolás. Pero la desaparición de vuestra víctima, el efecto que va 
á producir este terrible acontecimiento, vuestra turbación.... 

Santiago. (Tomándola linterna y quemando el papel que tiene 
en la mano.) ¿Qué tengo ya que temer? 

Nicolás. (Desesperado.) ¡En mala hora acepté esta fatal entrevista! 

Santiago. ¡ Cómo ha de ser ! es una desgracia; pero la mano de 
Alicia.... 

Nicolás. ¡Alicia! ah! bien hacéis en recordarme que es hija vuestra 
y que su honor depende del vuestro, porque, ya se ve, si por 
su amor he prometido no descubrir una culpa que os condu- 
ciría á presidio, mejor callaré un crimen que os llevaria al 
cadalso ; ¿no es esta la cuenta que echáis? 

Santiago. ¡Al cadalso has dicho ! 

Nicolás. ¡Alicia ! Alicia mi esposa...! Ah! si.... ahora la merecería 
mas por el sacrificio que voy á hacer por ella ; pero ya re- 
nuncio á su mano, porque el no denunciaros es asociarme 
con vos. Desde ahora soy ya un miserable ; y la mano de un 
ángel , ni debe ni puede ser premio de un delito ! 

Santiago. Eh ! no tengas tantos escrúpulos de conciencia, porque 
en realidad eres enteramente estraño al lance que acaba de 
ocurrir.... Ademas , ¿ quién podría acusarte sino yo...? ¿ ó 
crees que los muertos resucitan para acudir á los tribu- 
nales? 

Nicolás. No; ya se que la muerte es muda : pero á veces también 
un cadáver abandonado en un camino puede acusar sin que 
hable. El menor incidente suele facilitar indicios del crimen, 
y una mancha de sangre basta para descubrir al asesino. 

Santiago. (Con viveza y lomando la linterna para mirarse el 
vestido y las manos.) ¡Sangre! no, no es posible, ni ras- 
tro. Gracias por la indicación. Es preciso que ese cadáver 
desaparezca.... arrojándole allá desde las rocas al mar,... 
Ven á ayadarme. 

Nicolás. (Horrorizado.) ¡Qué decís! ¡prestar yo mis manos...! 



22 LA abadía de penmarch. 

Santiago. ¿No tienes el mismo interés que yo en que no quede el 
menor vestigio...? Vamos, vamos, al avio, sigúeme. 

Nicolás. ¡Seguirle! es verdad, es preciso.... soy su cómplice. (Reco- 
ge la capa y la linterna, sigue á Santiago y se van por el 
camino de la dereclia.) 

ESCENA III. 
alicia sola, saliendo por el fondo. 

(En el momento de llegar, un brillante relámpago ilumina la 
escena: se oye el estallido de un rayo , y el viento sopla con 
violencia,) 

Alicia. (Asustada.) ¡Qué horrible noche! Verdaderamente soy una 
de las jóvenes mas animosas de Douarnenez : pero veinte ve- 
ces me he detenido dudando si seguiría. Esa senda que corre 
á lo largo del mar es la mas corta; pero las hirvientes olas 
que venían á estrellarse á mis pies; los picos de las peñas 
á los que la oscuridad y mi imaginación agitada prestaban 
sombras fantásticas, el rugido del huracán, y luego lo que 
cuentan de los contrabandistas que infestan la costa.... ¡Oh..! 
Lo confieso.... Un miedo he pasado.... Hasta me parece que 
sonó un tiro. Debió ser aprensión mia. Aquí nada se mueve. 
Ya que por fin he llegado al término de mi espedicion , dé- 
monos prisa á cortar la rama que hay que llevar. (Yendo á 
tientas hacia el sauce.JFor este lado debe estar.... un ban- 
co.... este es (Sube al banco y corta una rama con una 

■podadera pequeña , ó navaja de gancho que saca del bolsi- 
llo.) i Ay querido Nicolás ! ¡cuál sera tu sorpresa y tu júbilo 
cuando dentro de pocas horas te diga: ya he ganado el dote 
que nos fallaba, y ahora puedo ser tuya ! (Al acabar de cor- 
tar la rama que ha caido en el suelo , salen Nicolás y San- 
tiago trayendo el cuerpo de Bellran.) 

ESCENA IV. 

ALICIA. NICOLÁS, SANTIAGO, BELTRAN muerto. 

Alicia. (Reparando en ellos.) Ah! Qué veo! (Lanza un grito de 
espanto , y cae desmayada al pié del árbol con la podadera 
en la mano fuertemente asida.) 



ACTO II. ESCENA V. 23 

Santiago. (Deteniéndose de repente.) ¡Voto á Satanás , nos han 
sorprendido! 

Nicolás. En efecto, he oido un grito. (Santiago saca el puñal y se 
dirige al sauce donde encuentra sin sentido á Alicia.) 

Santiago. (Viéndola, pero sin conocerla.) ¡Una mujer! (La ase de 
la mano en que aun conserva la podadera y se hiere leve- 
mente con ella en la palma.) ¡Vive Dios que me he cortado 
con no sé qué. (Le quita la podadera y la tira al suelo.) Pues 
nadie !a libra. 

Nicolás. (A media voz, deteniéndole.) iQuereis cometer otro ase- 
sinato! 

Santiago. (ídem.) Es preciso para asegurar la impunidad del pri- 
mero. 

Nicolás. No, no lo cometeréis. Ademas seria inútil, ¿no veis que 
del susto ha perdido el conocimiento? (Maquinalmente se ha 
bajado hacia ella y levantándole la cabeza le mira el ros-' 
tro.) ¡Gran Dios! ¡Este rostro! ¡ Ah! no, es imposible.... (Cor- 
re por la linterna que ha dejado junto al muerto, la 
aproxima al rostro de la joven desmayada y la deja caer 
estupefacto.) ¡Alicia! 

Santiago. ¡Alicia!! ella aqui.... sola.... á estas horas.... ¿Por qué 
casualidad ó con qué objeto?... 

Nicolás. Estraño mistiierio 

Santiago. Oh yo le descubriré pero escucha.... Sí , se oyen voces 
á lo lejos ; son sin duda los aduaneros que vienen á reunirse 
con su gefe; pronto; manos á la obra, si queremos librarnos 
de ellos. 

Nicolás. Pero ¿y Alicia ? 

Santiago. La verán y la llevarán á casa.... ea, viremos de bordo, 
Yamos. 

Nicolás. ¡Oh! aunque me prendan; aunque lean en mi rostro todo 
lo que padezco por ella, yo voheré. 

(Ayuda á Santiago a coger el muerto: suben con él por la pared 
caida que hay en el fondo y desaparecen luego detrás de las rocas. 
Alicia vuelve en sí un momento antes.) 

ESCENA V. 
alicia, sola, pálida, trémula y casi sin poder sostenerse. 

¿Dónde estoy?... ¿Ha sido un sueño?... No, ¡oh! no; ahí 
estaban.... loshe visto.... eran dos.... dos hombres que lie- 



24 LA abadía de penmarch. 

vaban un cadáver.... ¿Quién es la víctima? ¿Quiénes son los 
asesinos?... Con mi turbación y la oscuridad no pude cono- 
cerlos; pero me parece que oí decir al uno que se habia heri- 
do al cojerme de la mano! ¡Dios mió! vos que al salvar mi 
vida, sin duda habéis querido serviros de mí para que este 
crimen no quede impune, dadme los medios de conocer á los 
delincuentes: yo los denunciaré, yo los perseguiré, yo los 
acusaré, os lo juro.... (Poniendo por casualidad la mano so- 
bre el sombrero olvidado por Nicolás : Alzándole del suelo 
y como inspirada.) ¡Ah! gracias; gracias, mi Dios, me habéis 
oido, os habéis dignado acceder á mi ruego.... ¡Desgraciados 
de los asesinos! por débil que sea este indicio, ya.... (Se le- 
vanta y se dirije hacia el fondo.) No puedo.... mis fuerzas 
están postradas.... ¡Ah! en esta galería..,, si.... allí si vuel- 
ven podré esconderme hasta que amanezca, (Se dirije peno- 
samente hacia la galería y desaparece.) 

ESCENA Vi. 

PRUDENCIO, ADUANEROS. 

(Salen por el primer bastidor de la derecha. Prudencio deja que 
pasen algunos delante de él y queda en medio de todos.) 

Prudencio. ¡Con que vosotros decis que nada habéis visto! Pues yo 
tampoco. (Aparte.) Verdad es que temiendo ver algo, hace 
mas de una hora que cerré los ojos, guiándome por el tacto 
del codo del compañero. Es estraño que no hayamos podido 
dar con mi tio!... ¡Como no se lo haya tragado alguna fantas- 
ma! ¡Calle, estamos en el cementerio de la Abadía 1 Ese es el 
sauce adonde Alicia ha debido venir enteramente sola.... 
¡Zapateta! ¡buenos hígados debe tener la muchacha! Las 
ruinas asi, ya se sabe que están plagadas de murciélagos, sa- 
pos, culebras.... habiendo tanto vicho, ¿qué falta hacíamos 
aqui nosotros? (Interrumpiéndose de repente.) ¡Eh!¿Qué 
es eso? 

Un Aduanero. Es el aire. 

Prudencio. ¿El aire? No te ha cojido mal aire á ti. (Se pone en es- 
cucha.) El aire no pisa, bárbaro; y yo he oido, asi, como pa- 
sos por la yerba.... (Aparte.) Ay! ya me vuelve el miedo.... 
sin embargo, es preciso hacer corazón de tripas. (A los adua- 
neros en voz baja.) Compañeros, imitadme, escondámonos y 
que nadie chiste. 



ACTO II. ESCENA Vil. 25 

ESCENA VII. 

NICOLÁS. — DICHOS OCllltOS* 



Nicolás. ( Volviendo por donde se fué y como buscando alguna 
cosa.) ¡Fatal descuido! En vano lo he buscado ahí arriba: no 
puede menos sino que me lo dejara olvidado aquí.... Veié 
al mismo tiempo si Alicia..., {Se encamina con precaución 
al sauce.) 

Prudencio. (Aparte á sujente.J Es uno solo y nosotros veinte; ar- 
rostremos el peligro.... (Cerrando el paso.) ¿Quién vá?... 

Nicolás. (Retrocediendo y aparte.) ¡Cielosi ¿nos habrán descu- 
bierto? 

Prudencio. ¿Quién vá y son dos: á la tercera descargo. 

Nicolás. (Reconociéndolos.) Los aduaneros.... Soy yo, señores, soy 
yo, Nicolás el pescador de la cabana de ahí abajo, cerca de 
la playa. 

Prudencio. ¡Toma ! Si es Nicolás, 

Nicolás. Volviendo de la función, al pasar por estas ruinas, me 
senté á descansar en el banco del sauce; me marché, eché de 
menos el sombrero y volvía.... (Pasa junto al banco y lo 
busca.) ¡No parece! 

Prudencio. (Aparte á sus compañeros.) Ya lo comprendo. Sabia 
que su novia tenia que venir aqui; y la ha acompañado, ó ha 
venido en su lugar, y luego mañana pondrán en las nubes el 
valor de la joven , y se embolsarán el dinero de la apuesta.... 
¡Vaya una trampa! 

Nicolás. Vosotros que estabais aquí; ¿no habéis visto? 

Prudencio. (Aparte. ¡Si creerá este perillán que yo me la trago!) 
Lo que hemos hallado es que.... No digo mas.... Agradece que 
no te echemos el guante. 

Nicolás. (Aparte. Me hace temblar....) Sabed, señor Prudencio.... 

Prudencio. Ya he dicho que no digo mas.... y es todo lo que hay 
que decir.... Solo añadiré que mañana veremos si debemos 
hablar ó cosernos la boca.... (Aparte á los aduaneros. ¡Con 

esto dejo atónito al amante pescador ) Ahora continuemos 

nuestra marcha; á ver si por fin hallamos á mi tío, aunque 
anden á vueltas con él mil diablos que le lleven. 
(transe por donde antes Santiago y Nicolás.) 



26 LA abadía de penmarch. 

ESCENA VIII. 
nicolas y después santiago; 

Nicolás. ¿Qué quería decir con lo de veremos mañana si debemos 
hablar? ¿H;ibrá visto á Alicia.... Sabrá el motivo de su venida 
á este sitio? ¿O acaso se realizan mis pensamientos y me sos- 
pechan ya cómplice en el odioso comercio de Santiago....? ¡Y 
si ahora llegara á descubrirse el asesinato de ese hombre.,.. 
¡Oh! aunque soy inocente, ¡qué inquietud! qué angustia...! Y 
sin embargo, á no querer que ella muera también de senti- 
miento, ¿cómo habia ya de denunciar al padre de Alicia? 

Santiago. (Saliendo precipitadamente por la derecha, después de 
haber observado el terreno.) ¿Pareció? 

Nicolás. No. 

Santiago. ¿Y mi hija? 

Nicolás. Ya no estaba aqui, y aun los aduaneros parecía que ig- 
noraban.... 

Santiago. ¡Los aduaneros!... ¿Te han visto? 

Nicolás. No pude evitarlo: estaban escondidos. 

Santiago... Carguen con ellos mil millones de diablos Aunque 
todo el infierno se hubiera desencadenado contra nosotros, 
no nos iria peor. 

Nicolás. ¡Dios mió! ¡Pues qué! ¿hay mas que temer? 

Santiago. ¡Eh! hay que por una combinación mas hábil délo que 
pudiera esperarse del idiota que manda á esos satélites de 
Satanás, se han dividido en dos cuerpos; hay , que ignorando 
yo esta maniobra, por poco no caigo en sus garras: hay, que 
su venida me quita toda esperanza de salvar los géneros que 
dejé en las rocas de Audierne; que las luces que he visto 
brillar en muchos puntos , me hacen temer que se haya re- 
suelto dar esta noche una batida general.... En fin, hay que 
es preciso huir, porque aqui está pasando alguna cosa que 
ignoramos, que yo no puedo comprender, pero cuyo resul- 
tado no puede menos de sernos fatal. 

Nicolás. Tenéis razón ; no permanezcamos mas tiempo en este 
lugar maldito.... (Dirijiéndose hacia el fondo.) ¡Jesús! por 
este lado la retirada es imposible,... Mirad si por este.... 
(Se dirije rápidamente hacia la derecha.) 

Santiago. (Deteniéndole...) Eh por ahí sería peor ; pero en las rui \ 



ACTO II. ESCENA X. 27 

nas.... al estremo de esa galería, hay una salida secreto, co- 
nocida solo de mí.... 

Nicolás. ¡Nos hemos perdido! 

Santiago. (Llevándole tras si á la gahría.) j Al contrario! nos he- 
mos salvado. (Entranse.) 

ESCENA IX. 

MERIADEC, MONCTONN, PESCADORES, UYiO de ellos COtl UílCÍ 

hacha de viento. 

Meriaüec. Aquí es donde deben venir á encontrarnos Geivasio y los 
nuestros, después de haber recorrido las inmediaciones...» 
Los esperaremos. 

Monctonn. (Con muestras visibles de inquietud.) ¿Y no suponéis 
que tenga alguna causa de fundamento la ausencia estraordi- 
naria de esa joven? 

Meriadec. Como os dije antes, crei que asustada por la tempestad, 
se habría vuelto ó refugiado en la cabana de su novio; ya vis- 
teis que antesde ponernos en marcha pasamos porcasa de 
Santiago y la hallamos desierta, y ia visita que acabamos de 
hacer en la habitación de Nicolás, no ha sido mas feliz.... Yo 
no sé que pensar. 

Monctonn. ¡Ah! no podéis figuraros qué inquieto estoy y lo queme 
arrepiento de haber hecho esa maldita apuesta.... Pero.... en 
efecto.... si no estamos muy lejos del sauce, podríamos ase- 
gurarnos.... 

Meriadec. (Señalándolo.) Nada masfácil.... Miradle ahí. 

Monctonn. (Examinando el árbol al resplandor del hacha de vien- 
ío.jNo me engaño, esta cortadura, que aun destila savia.... 
(Recogiendo la rama que se cayó a Alicia.) Mirad, mirad una 
rama cortada.... una podadera.... No hay duda , Alicia ha ve- 
nido.... Preciso que alguna desgracia ó una circunstancia.... 
rarísima.... 

ESCENA X. 

geryasio, delante de varios pescadores con hachas de 
viento, después prudencio y los aduaneros. — dichos. 

Monctonn. (A Gervasio.) ¡Y bien ! ¿qué habéis descubierto? 
Gervasio. Nada absolutamente , en todos los parajes que hemos vi- 



28 LA abadía de penmarch. 

sitado, reina el mayor sosiego... Mirad, aqui viene la briga- 
da de los aduaneros, cuyo gef'e nos dirá.... 

Puudencio. (Precediendo á los aduaneros.) ¡Por aquí! por aquí..,. 
¡Ah! justamente tenemos ahí al señor correjidor. 

Meriadec. ¿Qué tenéis..,? Esa agitación.... 

Prudencio. El caso no es para menos... ¡Cuando yo decia que este 
era un sitio diabólico! Figuraos que desde lejos acabo de ver 
sacar del agua un cadáver metido entre unas peñas. 

Monctonn. (Con viveza.) Ah! esa desgraciadajóven...! 

Prudencio. ¡Una joven! no, no me ha parecido bulto de hembra. 

(En este momento salen los aduaneros llevando el cuerpo deBeltran, 
que dejan en tierra. Todos le rodean con temerosa curiosidad.) 

Meriadec (Que al resplandor de las luces ha reconocido el cadá- 
ver.) ¡Cielos! ¡Beltran! 

Prudencio. ¡Mi tio! 

Gervasio. (Aparte. ¡Beltran asesinado! Santiago nodebe estar lejos.) 
(En este momento se oyen gritos de « ¡socorro! ¡socorro!») 

Meriadec y Monctonn. ¿Qué gritos son estos? 

ESCENA XI. 



LOS MISMOS , ALICIA. 

Alicia. (Asustada y saliendo de la galería.) ¡Salvadme, salvadme! 

Monctonn. ¡Alicia! ¿Qué os asusta? 

Meriadec. ¡Volved en vos hija! 

Monctonn. Somos vuestros amigos. 

Alicia. ¡Aquí es donde han cometido el crimen! 

Meriadec. ¡Gran Dios! ¿habréis sido testigo...? 

Alicia. Si;... los he visto llevar un cadáver; después me he es- 
condido..,, allí, en esa galería, donde ahora misma creo que 
me perseguían, porque me vieron y.... sabían que tenia una 
prueba contra ellos... 

Todos. (Con sorpresa y curiosidad.) ¡Una prueba! 

Alicia, (Sacando de debajo del manto el sombrero.) Mirad este 
sombrero es de uno de los asesinos. (Todos acuden á ver el 
sombrero, del cual se ha apoderado Meriadec; Alicia lo 
mira también y al reconocerlo esclama horrorizada.) ¡Cie- 
los! ¡ese lazo! ¡Nicolás! ¡Ah! f Cae desmayada. Mientras la 
socorren, Gervasio obedeciendo á una intimación de Me- 
riadec pasa delante para guiar á los aduaneros , los cua- 



ACTO H. ESCENA XI. 20 

les se lanzan en la galería. Prudencio y los pescadores 
no se atreven á seguirlos. 
Phudencio. (Que se ha quedado á la entrada.) ¡Eso es! Andad, hi- 
jos, buscad á los matadores de mi (¡o , buscadlos , y si dais 
con ellos, no hava cuartel. 



FIN DEL ACTO SEGUNDO. 






ACTO TERCERO 



Salón de la casa de Meriadec. A cada lado de la escena y en los 
primeros bastidores, una puerta de un cuarto. En el tercer bas- 
tidor á la derecha una puerta vidriera adornada de cortinas, cor- 
respondiente á un baleon que se supone caer encima de las rocas. 
En el fondo una puerta de dos hojas que da á un ancho corre- 
dor. Una mesa con tapete y sillas.— Son las tres de la mañana. 



ESCENA PRIMERA. 
Gervasio , dos criados con luces. 

Gervasio. Poned ahí las luces , colocad en su puesto las sillas : la 
mesa aqui ea este sitio. (Dejando sobre la mesa papeles y un 
tintero que trae.) Como esta sala es bastante capaz y pueden 
caber en ella los curiosos que abandonen la función por ver 
en qué para el terrible acontecimiento que nos tendrá en ve- 
la toda la noche; aquí es donde el señor corregidor quiere 
liacer el primer interrogatorio al preeo, (Los criados, que han 
acabado su hacienda, se retiran; Gervasio continua hablan- 
do para si.) ¡Nicolás acusado de haber muerto á Beltran! Aquí 
hallo yo un misterio que de seguro solo Santiago puede espli- 
cármelo..... un hombre de toda mi confianza ha ido á decirle 
de mi paite que venga.... ¡Dios quiera que llegue á tiempo 
de enterarle de los sucesos y enseñarle lo que ha de decir! 

ESCENA II. 
prudencio, que sale gimoteando. — Gervasio. 

Gervasio. ¡Querido Prudencio! creed, amigo mió, que participo 
mucho del sentimiento que la desgracia — 



ACTO III. ESCENA II. 51 

Prudencio. Gracias, señor Gervasio, gracias por el interés — 

Gervasio. Amigo, no puede uno menos. ¡Un hombre á quien todo el 
pais debe estar tan agradecido! (Aparte. Reniego de su al- 
ma...!) Un hombre que por su valor y sagacidad infalible- 
mente nos hubiera librado de esos bandidos, de esos malva- 
dos contrabandistas.... Pero ya se. hará justicia seca con los 
pillos que urdieron la trama de que fue víctima. Y en cuanto 
al pájaro que cayó en nuestro poder , no tengáis cuidado ; yo 
os prometo que apesar de su traza y reputación de hombre 
honrado, si no nos prueba tan claro como la luz del dia, 
que es mas inocente que Abel, trabajo le mando para salir 
de la cárcel. 

Prudencio. Gracias, señor Gervasio. Lo que me decis me consuela, 
aunque bien sé que el suplicio de un bribón no me ha de 
volver al hermano de mi madre.... (Enterneciéndose de nue- 
vo.) Pero al menos sus manes serán vengados, y me parece 
que entonces mi sentimiento será menos profundo.... ¡ Le 
quería tanto!... ¡Pobre tio Beltran! (Llora.) 

Gervasio. ¿Sois su heredero? 

Prudencio. Único y solo. (Llorando con mas fuerza.) 

Gervasio. El no debia estar muy acomodado. 

Prudencio. (Cambiando de tono,) ¡Al contrario! Amen del sueldo 
de su destino, tenia de mil ochocientas á mil novecientas li- 
bras de renta.... y acaso mas. ¡En su vida desperdició un cuar- 
to! j Pobre tio mió ! ¡Lo que he perdido perdiéndole ! Todo lo 
que él ganaba. Ya veréis qué entierro le dispongo. 

Gervasio. Eso es muy laudable. 

Prudencio. No le haré ciertamente el agravio de continuar en la in- 
noble profesión que ejerzo.... ademas de que me recordaría 
su desastroso fin — Ya he remitido mi dimisión.... pero mien- 
tras aquí me contristo y me atribulo, se me olvidaba que ve- 
nia á preguntaros de, parte del señor Meriadec si está corrien- 
te la pieza donde se ha de encerrar al culpable. 

Gervasio. (Señalando al cuarto de la izquierda. Esa es; dá al jar- 
din y no tiene mas que una ventana con reja. 

Prudencio. (Señalando la puerta de la derecha.) ¿Y esa puerta? 

Gervasio. Es de una escalera que corresponde al portal. La llave 
la tiene el señor Meriadec. 

Prudencio. No le hace; para mayor precaución voy á poner en ella 
un centinela, lo mismo que en esta. (Señalando la del fondo.) 
La sangre de mí tio ha de ser vengada, {bichando á lloiar.) 
¡Pobre tio Beltran !.,. 



32 LA abadía de penmabch. 

Gervasio. Vaya; tratad de haceros superior.... 

Prudencio. (Tomándole la mano.) Gracias, gracias por vuestros sa- 
nos consejos, scüor Gervasio : con el tiempo tal vez.... pero 
ahora me será muy difícil. ¡Le quería tanto á mi tio! 

(Vase llorando y tropieza con Santiago que en este momento sale 
por la puerta del fondo.) 

Prudencio. (Deteniéndose entonces y dirigiéndose á Gervasio.) ¿A 
qué viene aquí este pescador? 

Gervasio. Nada tiene de estraño; la inquietud en que ha debido 
estar por su hija.... Sin duda vendrá á preguntarme..., 

Prudencio. Es verdad. (Vase.) 

ESCENA III. 

SANTIAGO. — GERVASIO. 

Gervasio. Gracias á Dios que has venido: has de saber.... para tu 
gobierno.... (Mira alrededor de si.) 

Santiago. (Con impaciencia.) Al caso, al caso; ¿no ves, ave de mal 
agüero, que llamarme á este sitio es como guiarme á un es- 
collo donde corro peligro de naufragar? Cuando el tiempo es- 
tá nublado y con brios de borrasca, la salvación solo está en 
alta mar, no en la costa. Conque veamos, suelta las velas..,, 
¿de qué se trata? 

Gervasio. Nicolás está preso. 

Santiago. Ya me lo han dicho; ¿qué mas? 

Gervasio. ¿Sabes que se le acusa del asesinato de Beltran? 

Santiago. ¡Oiga!... Pero bien; si el pobre diablo paga por nosotros 
dos; ¿qué tengo que temer? 

Gervasio. ¿Qué tienes que temer? Que te acuse. 

Santiago. ¡Bah! Eso no le salvada, y él quiere mucho á mi hi- 
ja para.... 

Gervasio. ¿Y si tu hija te denuncia.... 

Santiago. ¿Alicia? ¿Pero me ha conocido á mi también? 

Gervasio. No ha conocido á ninguno; pero ha presentado una pren- 
da que se encontró en el mismo sitio del crimen, el sombre- 
ro de ese torpe á quien clejiste por compañero. 

Santiago. ¡Eh ! La casualidad me hizo echar mano de él: para tan 
poca cosa no necesitaba yo á nadie; pero ¿por qué aconteci- 
miento...? 

Gervasio, ¡Una fatalidad! La chica iba á cortar una rama del sauce 



ACTO III. ESCENA III. 53 

de la Abadía, para ganar 3000 francos que habían apostado 
el señor Meriadec y un rico inglés llamado Monclonn. 

Santiago. ¡Monctonn i ¿Un capitán de navio? ¿Está aquí? 

(¿ervasio. Si que está ; y tú debes haberle visto , porque diversas 
veces..., 

Santiago. (Con furor concentrado.) j Verle ! Bien lejos de verle, he 
huido de su presencia.... ¡ Monctonn ! 

Gervasio. ¡Es particular! No parece sino que ese nombre te suscita 
desagradables recuerdos.... ¿Acaso?... 

Santiago. Basta.... A mí no se me hace hablar de lo que no me 
acomoda. Tú ya debes saberlo. Vamos: ¿tienes algo mas que 
decirme?... Si no.... 

Gervasio. Aguarda, hombre, aguarda.... Antes de ir en busca de 
Alicia, llamaron en tu casa y vieron que no estabas. Es pre- 
ciso motivar esta ausencia. 

Santiago. Bueno : ¿hay mas? 

Gervasio. Si que hay: tus relaciones con Nicolás, su amor á tu hi- 
ja y las dudas que produce su buena opinión, casi obligan á 
suponer que haya sido seducido por otro y.... 

Santiago. V qué? larga ya todo el cable, majadero: jahora te de- 
tienes á cada braza! 

Gervaíio. Pues bien, yo he pensado que para que las sospechas no 
recaigan en tí, debes valerte de tu descaro; tu presencia es- 
tará aquí bastante motivada por la de tu hija, á quien han 
traído medio desmayada. Es preciso que tu despejo y sereni- 
dad engañen á todos é intimiden á Nicolás, á quien espero 
también suministrar un medio de defensa: en fin, para ha- 
blar á tu modo, si ahora que estás advertido manejas bien el 
timón, todo será un ventarrón pasajero, que no le hará per- 
der ni una tabla á tu barco. 

Santiago. Si, si, no está mal combinado; ya veo que el miedo de 
comprometerle te ha aguzado el ingenio: tranquilízale, qu* 1 
yo no soy hombre que me comprometo á mi ni á nadie. Pero 
cuenta con no venderme pues como pintara mal para mí es- 
te negocio, aunque te escondieras luego en el vientre de una 
ballena, allí había de ir á buscarte el bulto. 

Gervasio. ¿Cómo? ¿Puedes creer? (Aparte.) Y el tal corsario anti- 
guo lo haria como lo dice.... ¡Buen compañero me habia yo 
echado! (Se dirije hacia la mesa, toma una pluma y escribe 
un papel., que dobla en seguida y le conserva «¡cuito en la 
mano. ) 

Santiago. (Aparte.) ¿Ufe dejaré ver de Monctonn? Nuestro encuen- 



34 LA abadía de pennarch. 

tro en ésta ocasión ¿puede serme útil ó peligroso? ¡Bah! de- 
jemos bajar la sonda , y estemos prontos á maniobrar según 
el viento y las circunstancias. 
(En este momento aparece Nicolás escoltado por cuatro aduaneros 
á las órdenes de Prudencio.) 

ESCENA IV. 

NICOLÁS, PRUDENCIO, ADUANEROS. DICHOS, 

Prudencio. El señor Meriadec va á venir al momento. Señor Ger- 
vasio , ya sabéis lo que hay que hacer con el preso. 
(Gervasio abre la puerta del cuarto de la izquierda: entre tanto 
se va Prudencio , dejando dos centinelas en el corredor del 
fondo.) 
Nicolás. (Saliendo súbitamente de la distracción en que parecia 
sumido.) j Ah ! ¿Sois vos, Santiago? Ya veis que mis presen- 
timientos no me han engañado. 
Gervasio. Silencio: os espían. 
Santiago. Sin embargo desearía.... 

Nicolás. (En voz baja y como conociendo su intención.) ¡Oh ! no 

temáis.... Os prometo no olvidar que Alicia os debe la vida. 

Gervasio. (Conduciéndole al cuarto.) Leed ese papel y haced uso 

de las instrucciones que contiene. 
Nicolás. (Tomando el papel.) ¿Qué interés...? 
Gervasio. (Con precaución.) Santiago es amigo mió y lo sé todo. 
(Nicolás entra en el cuarto; Gervasio cierra la puerta. En este mo- 
mento aparecen Meriadec y Monctonn seguidos de Tomás y 
gran número de vecinos, y precedidos de Prudencio y adua- 
neros.) 

ESCENA y. 

GERVASIO, SANTIAGO, MERIADEC, MONCTONN, PRUDEN- 
CIO, PESCADORES Y VECINOS. 

Gervasio. (Aparte, mientras Meriadec y Monctonn se sientan.) 
Posible es que Santiago tenga confianza en la promesa de ese 
muchacho ; pero por interés de nuestra causa , yo hallaré, 
si es preciso, un medio de asegurar mejor su silencio. (Se 
sienta junto á la mesa; entonces Tomás y otros pescadores 



ACTO III. ESCENA V. 55 

vienen á una seria de Gervasio , á colocarse junto áél sin 
afectación.) 

Santiago. (Que se ha colocado hacia el primer bastidor de la 
derecha , dice aparte contemplando a Monctonn con aten- 
ción.) ¡Monctonn! ¡Oh! no hay duda, esas arrugas de la fren- 
te y esos ojos hundidos muestran que ha padecido tanto co- 
mo yo quería. ¿Por qué será que á su vista esperimento 
mas bien compasión que despecho? Sin embargo, mi odio 
hacia él no se ha estinguido todavía. 

Meriadec Respondedm:, Santiago, ¿tenéis noticia de la triste ne- 
cesidad que nos ha obligado á interrumpir las funciones? 

Santiago. La he sabido señor corregidor. 

Meriadec. ¿Habéis sabido también que vuestra hija debia ir esta 
noche á la Abadía? 

Gervasio. (Aparte.) ¡Hum...l va á caer en el lazo. 

Santiago. (Reprimiendo un primer impulso.) Si señor. 

Gervasio. (Aparte.) ¡Ahí Torpe! 

Meriadec. ¿Por quién lo supisteis? 

Santiago. No podré decirlo fijamente: lo oí á unos cuantos que 
hablaban de ello sentados á una mesa y bebiendo. 

Meriadec. (Con intención.) ¿Y cerrasteis vuestra casa y os acostas- 
teis? ¿Cómo pudisteis dormir durante su ausencia? 

Santiago. ¡Oh! no señor, no me acosté, fui á salir al encuentro á 
mi hija. 

Gervasio. (Aparte.) ¡Qué no pudiera sugetarle la lengua) 

Meriadec. ¿Luego fuisteis á la Abadía? 

Gervasio. (Aparte.) ¿Cómo se disculpará? 

Santiago. ¡Ojalá! pues acaso mi presencia habría sido útil al in- 
feliz que ya no existe. Veréis lo que sucedió, señor corregi- 
dor : yo volví de la pesca, molido y disgustado.... como le 
sucede á uno cuando pierde el día : para distraerme, y reco- 
brar de camino las fuerzas, eché un trago mas de lo regu- 
lar ; y sea por la mala disposición en que me hallaba ó por 
la cantidad de líquido que me eché al coleto, mi cabeza , no 
puedo negarlo , no estaba muy firme. Asi fué que en vez de 
tomar el camino de la Abadía, me hallé al cabo de dos ho- 
ras largas de marcha, tendido sobre la yerba en el camino de 
Puente-el-Abad. 

Meriadec, Pero ¿qué prueba...? 

Santiago. Señor , mi vecino Tomas puede atestiguarlo , porque él 
fué quien me despertó. 

Gervasio. (Aparte.) ¡Magnífico! Olió el poste. 



36 la abadía de penmarch. 

Meíuadec. ¿Está ahí Tomás? Veamos si apoya su dicho. . 

Tomas. (Adelantándose.) Si, si, señor corregidor. Verdad es, y en 
prueba de ello que le trage yo á su casa, y luego que le 
degc , al pasar por el baile , supe la noticia. 

Meriadec. (Después de haber hablado en voz baja con Monclonn.) 
Que venga Alicia. (Vase Prudencio.) 

Santiago. (Aparte.) ¡Buena ráfaga he sufrido; pero no me ha he- 
cho zozobrar. 

ESCENA VL 
alícia descolorida y llorosa, prudencio. — dichos. 

Alicia. (Corriendo á echarse en trazos de Santiago.) jPadre ! 

Santiago. (Se enternece un momento: después mientras Alicia pa- 
sa á sentarse invitada por Meriadec, dice aparte.) ¡Estoy 
loco! ¡Me voy á enternecer en este momento, cuando necesito 
toda mi presencia de espíritu! 

Meriadec. (A Alicia, demostrando el mayor interés.) Sosegaos 
hija mia y recorred con calma vuestra memoria para que fir- 
méis la declaración que habéis hecho , ó la rectifiquéis en ca- 
so de que contenga algún error (le da un papel: ella le lee 
con visible emoción.) Lo que estáis leyendo ¿es la esprcsion 
de l¡i verdad? 

Alicia, Si señor, todo es exacto. 

Meriadec. (Mandándole firmar el papel, que recoge ; y enseñán- 
dole el sombrero de Nicolás.) ¿Es este sombrero el mismo que 
hallasteis en el cementerio de la Abadia? 

Alicia. (Sollozando.) Si, si señor.... es el mismo.... ¡Oh! pero eso 
no prueba que el pobre Nicolás haya cometido ese crimen. 
(Dirigiéndose á los circunstantes.)— ¿No es verdad , amigos, 
que vosotros no le creéis culpable...? (A Meriadec.) Ni vos 
tampoco, señor corregidor ; ¿no es asi? 

Meriadec. Confieso que no acierto á esplicar como ese joven que 
ha observado hasta ahora una conducta irreprensible, ha po- 
dido desdecir de la educación que ha recibido , cometiendo 
un infame asesinato; con todo, graves indicios hay contra 
él.... Emplead, hija mia, si es necesario, el imperio que 
egerceis en su ánimo para decidirle á defenderse y á ¡lustrar 
en su fallo á la justicia.... En este caso , cumpliréis un en- 
cargo noble y sagrado , porque vuestro amor es tal vez el que 
ha ds perderle ó salvarle, 



ACTO III. ESCENA Vil. 37 

Santiago. (Aparte.) Santiago , mantente á la capa ; no te fies de 
la corriente. 

ESCENA VIL 

NICOLÁS.— DICHOS. 

(Meriadec hace una seña a Prudencio : este abre el gabinete de la 
derecha , y sale Nicolás.) 

Meriadec. (Luego que ha cesado el vario murmullo que escita la 
presencia del preso,) Nicolás: esta noche se ha cometido un 
asesinato en las ruinas de la Abadía de Penmarch ; pero por 
un milagro de la Providencia , el mar que dehia hacer que 
desapareciese hasta el menor indicio del crimen , no ha que- 
rido recibir en su seno el cadáver que le arrojaron los ase- 
sinos. El cadáver fué recogido, fué conocido y es el del gefe 
de las aduaneros : el desgraciado á quien la vindicta pública 
acusa como autor del crimen sois vos. 

Nicolás. (Horrorizado.) ¡Yo! Ah! Pongo al cielo por testigo, señor 
corregidor, de que soy inocente. 

Meriadec Probadlo y nadie se alegrará de ello tanto como yo..,. 
(Pausa corta.) ¿Qué hicisteis anoche hasta que os arrestaron. 
¿Estuvisteis en el baile? ¿Entrasteis en casa de Santiago?.... 
Nadie os ha visto en una parte ni en otra.... ¿Dónde estabais? 
Decidlo... Este joven (Señalando á Prudencio.) os encontró 
en el cementerio de la Abadía: le dijisteis que al volver de la 
fiesta os habíais sentado á descansar al pie del sauce y que os 
habíais dejado allí olvidado el sombrero: de vuestra relación 
esto solo es verdad (Mostrándole el sombrero.) porque el som- 
brero pareció; mas pareció en un sitio donde un testigo inta- 
chable vio transportar la víctima hasta lo alto del cerro; y este 
testigo, que ciertamente no puede seros sospechoso, es Alicia, 
que ha estado espuesta á pagar con la vida la fatal casualidad 
que la condujo donde os hallabais. 

(Nicolás guarda silencio por un instante, manifestando en su rostro 
su irresolución. Alicia da muestras de grande ansiedad.) 

Nicolás. (Con firmeza.) Señor corregidor, yo no sé de mundo, 
ni entiendo de leyes; pero tengo bástanle penetración para 
comprender cuan fácilmente destruiría los indicios que hay 
contra mi, si dijera que me hallé en el sitio del crimen por 
cuidar de esta joven cuya determinación de ir á la Abadía po- 
dia constarme. Sin embargo yo no recurriré á tal arbitrio. 



38 LA ABADÍA DE PENMAR&Í. 

Gervasio. (Aparte.) ¡Qué necio! 

Nicolás. Tantos indicios rae acusan, que presumo que aun cuando 
lograra ser absuelto, seria tal vez á costa de mi honor. Pues 
bien, por no vivir despreciado y envilecido; para escusar á 
mis jueces remordimientos y abreviar esta controversia, 
quiero confesar.... (Momentos de sorpresa general.) no que 
yo haya muerto al desgraciado Beltran, sino que una fatali- 
dad cruel , una casualidad horrible me hizo encontrar con el 
asesino en el instante en que acababa de espirar la víctima. 
Hecha esta declaración que mi conciencia me dicta, y que 
juro ante Dios ser verdadera , decidid mi suerte: nada mas 
sabréis ya de mí. 

Mekiadec. (Con intención.) ¡Cómo! ¿habiendo sido cómplice forzo- 
so , os negáis á nombrar el verdadero culpable?... ¿Habéis 
reflexionado que vuestro silencio puede hacer que recaigan 
las sospechas sobre las personas con quienes tenéis mas ín- 
timas relaciones, y que entonces...? 

Nicolás. (Con viveza, y después de haber reflexionado.) ¡Oh! Con 
el viento de Oeste que hace y una buena barca, la persona 
cuyo nombre callo, debe estar á estas horas bien lejos de 
aquí. 

Santiago. (Aparté.) íle cumple la palabra; respiro por fin. 

Alicia. Nicolás, yo te he escuchado en silencio; y para que mi do- 
lor no turbase tu ánimo , he procurado ocultarte mis lágri- 
mas; pero ha sido por creer que la memoria de tu padre y 
la mia te moverían á defenderte.... Pero qué! ¿te confesarás 
reo de complicidad solo porque has tropezado con el asesino? 
¿No ves que la complicidad no existe sino en tu negativa de 
denunciar al delincuente? ¿Qué le debes tú? ¿qué obligacio- 
nes, qué afectos te unen á él para decidirle á un sacrificio 
tan grande?... (Después de haberle mirado á las manos sin 
que nadie lo note.) ¡Oh! yo estoy bien segura de tu inocen- 
cia ; pero no es á tu prometida á quien tienes que convencer, 
esa tus jueces, á tus amigos, á tus paisanos, al mundo, 
Nicolás, al mundo, que no creerá que te sacrificas por el 
culpable, sino que lo eres tú, y te maldecirá; y te insultará 
hasta el momento del suplicio.... (Con mas sentimiento.) 1f 
por mí, por mí que te quiero tanto, por mí que te ruego de 
rodillas, no confesarás la verdad? ¡Oh! sí. Tú no querrás 
reducirme á la desesperación ; no querrás que muera de ver- 
güenza de haberte amado, porque tu deshonra.... ¡oh! tu des- 
honra me mataría ...; 



ACTO III. ESCENA VIII. 38 

Gervasio. (Aparte.) ¡Hum! Tarde ó temprano hablará. 

Alicia. (Levantándose y dirijiéndose á Santiago.) Padre mió! por 
el cariño que me tenéis, por mi dicha, por el reposo de mi 
vida entera, unid á mis instancias las vuestras para que sal- 
ve su vida, para que descubra ese espantoso secreto. (Cógele 
á su padre las manos y le lleva hacia Nicolás: de repente 
se detiene , reconoce la leve corladura de la podadera , y di- 
ce con voz sorda, retrocediendo espantada.) Ese secreto,... 
¡Ah! desdichada!... no lo revelará. 

Meriadec (Levantándose y dirijiéndose á Nicolás.) Basta; puesto 
que de nada han servido mis instancias ni las súplicas de es- 
ta joven , y os obstináis en guardar un silencio que os ha de 
perder infaliblemente, otros jueces mas ilustrados y sobre 
todo mas competentes, aclararán este misterio. Luego que 
amanezca, seréis conducido á Brest ; mientras tanto, (Seña- 
lando el cuarto de la izquierda.) ese aposento os servirá de 
prisión.... Gervasio, cuidad de que nadie hable con el preso. 

Gervasio. (Aparte á Tomás después de haber encerrado á Nicolás.) 
Para que no comprometa á Santiago con alguna declaración 
cuando reflexione sobre el peligro de su vida, yo le decidiré 
á que huya por ahí. (Señalando al balcón.) Escóndete entre 
las peñas que hay frente al balcón , y cuando le veas descol- 
garse.... 

Tomas. Ya entiendo.... cuenta conmigo. 

(Durante este coloquio Meriadec y Monctonn han hablado en se- 
creto, mirando varias veces á Santiago como si tratasen de él. 
A Monctonn parece que le ocurre de pronto una idea al ver á 
A licia detener á su padre que iba á retirarse con todos y decir- 
le por señas que tiene que hablarle.) 

Meriadec (A Prudencio y Gervasio.) Seguidme, señores. 

Gervasio. (Aparte.) Volveré luego. 

(Vanse todos escepto Santiago y Alicia, En el fondo, cuya puerta 
se cierra luego que se han marchado todos, se ven dos centinelas.) 

ESCENA VIIÍ. 

SANTIAGO. ALICIA. 

Santiago. ¿Por qué me detienes? 

Alicia. ¿Porqué? ¿No habéis oido que antes de una hora vana 
conducir á Nicolás á la cárcel de Brest?... ¿Por qué os deten- 
go...? Porque quiero que vengáis conmigo á suplicar al señor 



40 LA ABADÍA DE PENJlARCH. 

Meriadec... (üa algunos pasos y de repente se detiene,) ¡Ahí 
no; es imposible!... (Reflexiona un instante y dice con de- 
sesperación:) ¿Porqué? porque quiero que rompamos esa 
puerta ; que me ayudáis á proporcionarle la fuga.... Vos, que 
no habéis desplegado los labios en su favor, cuando él lleva- 
ba el heroísmo hasta el punto de perderse por.... 

Santiago. (Interrumpiéndola.) ¿Puedo yo oponerme á que la jus- 
ticia...? 

Alicia. La justicia os manda salvarle. Vos sabéis mejor que nadie, 
que es inocente. 

Santiago. ¡Hija mia...l 

Alicia. Ah! no invoquéis ese título sagrado.... Yo estoy loca, de- 
lirante, y no es vuestra voz la que quiero escuchar en este 
momento ;■ es la de mi conciencia, que me manda hacer por 
ello que él ha hecho por vos, que me ordena salvarle.... 

Santiago. (Furioso y agrrándola por el brazo.) ¡Imprudente! ¿y 
qué prueba....? 

Alicia. (Desesperada.) ¿Qué prueba?... Esa cortadura casi imper- 
ceptible... (Con mas fuerza para contener á Santiago, cuyo 
furor va en aumento.) Ah! no os atreveréis á darme la muerte. 

Santiago. (Fuera de sí.) ¡Habla bajo, infeliz...! ¿Sabes que pueden 
oírnos y que una sola palabra...? 

Alicia. Yo solo sé, que entre dos obligaciones crueles, cedo al esceso 
de mi dolor y entre dos hombres que Dios me manda amar, to- 
do mi afecto se inclina á aquel de quien no tengo que avergon- 
zarme. Esto es horrible, sí; pero es mas horrible saber una 
que su padre es un asesino. 

Santiago. (En voz baja y después de haber examinado si están so- 
los.) Pues bien sí, yo soy quien ha muerto á Beltran, para 
que no me perdiese. ¿Harás tu ahora por amor lo que él que- 
ría hacer por venganza? ¿condenarás á tu padre.... 

Monctonn. (Saliendo de repente del gabinete que está a la derecha 
del espectador.) ¿Al cadalso? No; no será ella, sino yo. 

ESCENA IX. 

MONCTONN. — DICHOS. 

Santiago. jMonctonn! 

Monctonn. Monctonn te üa oído, amigo Santiago. 

Santiago. ¡Y estoy sin armas! 



ACTO Hit ESCENA IX. 41 

Monctonn. (Sacando dos pistolas de los bolsillos.) Por fortuna las 
tengo yo. 

Alicia. (Saliendo de la especie de estupor en que la había dejado la 
repentina aparición de Monctonn.) ¡Gran DiosI Pero yo soy 
quien le ha obligado á confesar su crimen.... yo soy quien le 
pierde.... (^i Monctonn.) ¡Oh! no; no abusareis de tan cruel 
circunstancia.... no querréis que una triste joven tenga que 
acusarse de haber sido causa de la muerte deshonrosa de su 
padre.... no consentiréis que yo espire de vergüenza y de re- 
mordimientos.... ¡Oh! decid; ¿verdad que no lo consentiréis? 

Monctonn. Lo que yo no consentiré es que perezca un inocente en 
lugar de un culpable. 

Snatiago. (Aparte.) No me ha conocido.... ¿qué haré? 

Alicia. (A Monctonn.) Pues bien, justificad á Nicolás y perdonad á 
mi padre y dejadle huir.... yo os lo suplico. 

Santiago. (Aparte.) Estoy á su discreción! ¡Voto á...! 

Monctonn. Pobre niña, siento mucho aflijiros, pero pedís una cosa 
que mi honor me prohibe concederos. 

Santiago, (Aparte.) Sí, mas vale sacrificar mi odio amortiguado ya 
por los años, que dejarse ir á pique. Asi pues.,.. 

Monctonn. (Resistiendo á las instancias de Alicia.) ¡HoIa/(.4 uno de 
los aduaneros que abre la puerta del fondo y se adelanta.) 
Qué no dejen salir á este hombre, (Se retira el aduanero,) 
Ahora voy á avisar al correjidor. 

Santiago. (A Alicia, que trata de detener á Monctonn.) No, no 
irá < 

Monctonn. (Con desprecio.) ¡Miserable! 

Santiago. (Con serenidad y después de haber visto si está ce/ rada 
la puerta del fondo.) No hay que sofocarse, ni escederse; yo 
he reflexionado y estoy tranquilo.... Ademas, pueden inter- 
rumpirnos, yes preciso aprovechar el tiempo. Vais á mudar 
la consigna que acabáis de dar; vais á dejarme ir libre y á 
darme dinero para el viaje. 

Monctonn. ¡Vive Dios!... ¡picaro mas desvergonzado! 

Santiago. Dejadme continuar. ¿Os acordáis, capitán Monctonn, del 
navio San Pablo que conducíais de Boston el año 1814, donde 
venia con vos aquella hermosa joven con quien os habíais 
casado hacia cuatro años? 

Monctonn. (Risiblemente conmovido.) ¡Desgraciado! ¿piensas inte- 
resarme despertando en mi corazón el recuerdo de la pérdida 
de cuanto amé? 

Santiago. Iba á deciros que en el naufragio en que creéis haber 



42 I.A ABADÍA DE PENMARCH. 

perdido á vuestra esposa y dos hijas, una de las ninas, la ma- 
yor, se salvó. 

Monctonn. [Con viveza y gozo.) ¿Será verdad? 

Santiago. Si os indico su paradero, ¿haréis lo que eiijia de vos hace 
poco? 

Monctonn. ¡Ah! si te es posible devolvérmela; si no me engañas : si 
me presentas alguna prueba cierta de la existencia de mi hija, 
¡ah! sí, te lo juro, suceda lo que suceda, te aseguro la fuga, y 
esta cartera, que contiene dos mil libras esterlinas, es tuya. 

Santiago. (Tomando la cartera.) En ese caso, toma y daca: ahí te- 
neis á vuestra hija. 

Monctonn. (Con alegría y sorpresa.) jQuéoigo! ¡Alícial ¡hija mia! 

Alicia. ¡Padre! (Se abrazan.) 

Santiago. Y este es el collar con el retrato que llevaba al cuello. 

Monctonn. (Reconociéndole.) Es el de su madre.... ¡pobre Ana! 

Santiago. (Mientras Alicia ha tomado el retrato y le besa enterne- 
cida.) Como el negocio de hoy presentaba algún riesgo, he 
creído prudente echarme esas prendas en el bolsillo. Un ma- 
rino nunca debe embarcarse sin brújula. 

Monctonn. ¿Pero quién eres tú? ¿Por qué hacer tanto tiempo un 
misterio de...? 

Santiago. ¡Ah! sí; pensáis que era preciso un grave motivo para 
despreciar la rica recompensa que me hubierais ofrecido lo 
mismo hace quince años que hoy. Pues bien , voy á decíroslo, 
y en presencia de vuestra hija para que á los dolores y amar- 
guras que habéis sufrido , se una también la de avergonzaros 
delante de ella. 

Monctonn. {Deteniendo á Alicia que ha dado algunos pasos para 
marcharse.) Quedaos, Alicia: este hombre no puede echarme 
en cara sino una falta que cometí en mi juventud.... yo creia 
haberla espiado cruelmente ; pero si es necesario otra humi- 
llación, cúmplase la voluntad del cielo! 

Santiago. He cambiado de idea : vuestra resignación me conmue- 
ve, y no quiero tampoco al dejar á esa niña, aflijirla con 
mi relación ; puesto que me había acostumbrado á querer- 
la.... Aléjate, Alicia. (Llevando aparte á Monctonn.) Oid.— 
Yo soy Santiago Perkins; ¿me reconocéis ahora? 
Monctonn. (Considerándole con sorpresa.) ¡Perkins! 
Santiago. (En voz mas baja.) Sí, Perkins, cx-marinero del buque 
corsario que mandaba li capitán Monctonn ; Perkins , á quien 
robasteis en Portsmouth, para deshonrarla y abandonarla 
luego, la joven que amaba y con la cual iba á casarse ; el 



ACTO III. ESCENA IX. 43 

marinero Perkins, con quien no quisisteis batiros en desa- 
gravio de esta ofensa y á quien por una ligera falta en el 
servicio hicisteis castigar vilmente delante de toda la tripu- 
lación, no tanto por conservar la disciplina , como porque 
os acordabais de que os había llamado cobarde é infame. 

Monctonn. ¡Ah! ya comprendo: juraste vengarte.... y lo mciecia. 

Santiago. Juzgad si tuve paciencia cuando aguardé cuatro años. 
En fin os casasteis, erais padre y llevabais vuestra familia á 
Londres. Un negocio de entidad para el que necesitabais 
veinte hombres, os hizo saltar en tierra.... El buque estaba 
anclado en fondeadero seguro, enfrente de las rocas que for- 
man la estremidad de la bahía de Audierne. Hacia el medio 
dia el tiempo se nubló; ajitóse el mar; una tempestad horro- 
rosa se preparaba; tempestad que yo bendecía y me llenaba 
de gozo porque mientras la poca gente que quedó á bordo 
trataba de luchar Con los elementos, yo me propuse llevar á 
cabo mi juramento de venganza. 

Monctonn. ¡Infeliz!... Ana.... 

Santiago. Quise apoderarme de ella y mientras la tempestad rom- 
pía los cables impeliendo velozmente el navio hacia los arre- 
cifes en que habia de estrellarse, entré en la cámara del bu- 
que; mas fué á tiempo que vuestra infeliz mujer caia en el 
mar con la hija mas joven que tenia en brazos: el San Pa- 
blo se habia abierto y hacia agua por todas partes: otra ni- 
ña imploraba mi amparo abrazando mis rodillas; la coji y 
subiendo sobre cubierta, vi un bote qué á fuerza de remos 
se dirijia hacia los restos del navio : erais vos que veníais 
sin duda al socorro de vuestra familia; y para que no pudie- 
seis salvar á nadie, me lancé en el piélago ocultándome con 
mi presa bajo las olas. Llegué felizmente á la Isla de Mole- 
nc, y algunos meses después vine á establecerme aquí dé 
pescador. Ahora, Monctonn, bendecid los acontecimientos de 
esta noche, porque sin ellos yo hubiera muerto con mi secre- 
to, y mi venganza habría sido entonces completa, porque ja- 
más hubierais abrazado á vuestra hija. 

Monctonn. ¡Oh! si, yo los bendigo, pues que por ellos te has visto 
obligado á hacer una revelación tan preciosa. Pero he pro- 
metido asegurar tu fuga , y aunque te debiera menos, no de- 
jaría de cumplir mi palabra.... toma estas armas.... (Escribe 
algunas líneas cotí lapiz.J Pasa á bordo de mi navio: con es- 
ta orden te admitirá mi teniente. Mañana nos damos á la 
vela y te dejo en las playas de Inglaterra. ¡Ojalá el perdón 



44 LA ABADÍA DE PENMARCH. 

que te concedo, sirva para alcanzarte la misericordia del 
Señor. 

Alicia. (Con viveza.) Pero aquí.,, ¿que pretesto?... 

Monctonn. Diremos que me ha sorprendido, que me ha amenazado 
con sus armas y que por violencia.... 

Alicia. Pero ¿y los centinelas que están en ese corredor.... 

Santiago. (Rápidamente,) Oh! no los incomodaré. (Dirijiéndose ha- 
cia el balcón.) Este balcón está poco elevado y con el auxilio 
de estas cortinas fias arranca) llegaré á las rocas que hay 
abajo. ( Atando las cortinas al balcón.) Ahora, á Dios, Alicia, 
á Dios, capitán.... Dentro de un instante acusadme si queréis; 
pocos momentos necesito para plantarme en mi barca y estar 
fuera de peligro.,,. A Dios y él me guie. 

(Ocúltase y al mismo tiempo se oye un tiro dirijido al balcón, 
después un grito sordo y el golpe de un cuerpo que cae,) 

Alicia. (Con viva inquietud.) ¡Ah! ¿Será él? 

Monctonn. (Inquieto también y corriendo hacia el balcón.) Tal 
vez al caer, con alguna de las pistolas que le di.... 

Alicia. Pero ¿cómo sabremos? 

ESCENA X. 

MERIADEC, GERVASIO-, después TOMAS, CENTINELAS en €Í 
fondo. — ALICIA, MONCTONN. 

Meriadec (Entra corriendo con Gervasio.) ¿Qué ruido es ese? ¿ha 
intentado Nicolás escaparse? 

Monctonn. Nicolás no, sino otra persona á quien yo he querido 
salvar. 

Meriadec. ¿Vos, Monctonn? ¿A. quién? ¿qué interés? 

Monctonn. ¿Que interés? ¡ Ah! no sabéis lo que le debo , amigo mió; 
me ha devuelto mi hija. 

Gervasio. (Aparte.) ¡Su hija! 

Meriadec. (Sorprendido.) ¡Cómo! ¿Alicia? 

Gervasio. (Aparte.) ¿Qué quiere decir esto? , 

Meriadec. ¿Pero ese tiro...? 

Tomas. (Entrando con una escopeta.) Yo lo he disparado señor cor- 
regidor; salia á caza antes que amaneciera, y habiendo visto 
al preso que se escapaba.... Ya le han recogido y le traen. 

Gervasio. (Aparte á Tomás.) Buena hazaña! A Santiago esa quien 
has herido, torpe! 



ACTO III. ESCENA XI. 45 

Tomas. (Aparte.) ¡A. Santiago! ¡voto al infierno! y habia cargado la 

escopeta con dos balas. 
Gervasio. (Aparte.) De todos modos, si no has errado el tiro, bien 

hecho está. 

ESCENA XI. 

prudencio, aduaneros, que traen á santiago, vecinos, 
después nicolas. — dichos. 

(Traen á Santiago moribundo : le colocan en un sillón y todos le 
rodean. Monctonn se aproxima también con interés, y Alicia 
da muestras de de la mayor aflicción.) 

Santiago. (Haciendo un esfuerzo para hablar.) Acercaos.... acer- 
caos todos y oid mis últimas palabras.... Nicolás es inocen- 
te... yo fui quien dio muerte á Beltran; Nicolás se sacrificaba 
por amor á Alicia.... Yo no sé quien me ha herido, pero no 
hay remedio para mí.... Alicia! Alicia.... Ah...! jNo poder 
morir en alta mar...! {Cae.) 

Meriadec. (A Alicia que se ka lanzado hacia Santiago en la mayor 
aflicción.) ¿Qué haces, hija mia? 

Alicia, (Llorando.) ¡Ah, señor! ¿no le he tenido por padre duran- 
te quince años? 

(Sé arrodilla y ora junto á Santiago , que acaba de espirar.) 

Meriadec. (A un dependiente.) Traed á Nicolás á mi presencia. 
Vos , Gervasio , desde hoy haréis tapiar todas las puertas y 
ventanas de la Abadía. ( A los aduaneros .) Y vosotros pon- 
dréis allí una guardia hasta que se concluyala obra. 

Tomas. (Aparte á Gervasio.) Nos quitan el nido: no habrá mas 
remedio que hacernos hombres de bien. 

Gervasio. (ídem á Tomás.) Paciencia: renunciaremos al contra- 
bando. 

Meriadec (Viendo salir á Nicolás, á quien traen y acompañan 
como en triunfo Monctonn y los vecinos.) ¡Nicolás! vuestra 
inocencia está reconocida. 

Monctonn. Vuestro heroísmo os ennoblece, y yo me honro en re- 
compensarlo. Hija mía.... sé tú su premio. 

Alicia y Nicolás. (Abrazándose.) ¡Ah! 



FIN 



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